martes, 24 de marzo de 2009

El comentario de una novelista nonata

Estoy a la mitad de mi vida, tal como lo indican las estadísticas de vida en México actualmente, y aún no he escrito una novela. Cuanto con algunos proyectos: Apuntes para una biografía inconclusa, Zoofía y De ida y vuelta; menor a 50 páginas el primero y de apenas 15 los dos siguientes. Con frecuencia suelo pensar en ellos, algunas veces los retomo y releo lo que llevo escrito, otras tantas pienso en la manera de contar esta u otra historia. De la primera (Apuntes…) he cambiado de opinión innumerables veces: he pensado si es mejor usar la técnica de disolvencia de mis personajes, si es bueno repetir alguna escena cuatro o cinco veces con diferente punto de vista; si lo que cuento resulta interesante o no, si debo de incluir aspectos históricos o no, y nunca acabo por decidirme cómo contar. De las otras dos creo que tienen menos problema pues tocan asuntos como la libertad y la sexualidad, tan de moda hoy en día.

Por otra parte, no sé qué impulsa a una persona a querer escribir una novela, especialmente si la vida no le ha dado holgura económica, ni viajes, ni la mayor de las felicidades, nada. Las hay y las he leído, cualquiera consideraría que la guerra o la muerte no son la mejores fuentes de inspiración para narrar (La guerra y la paz o La peste), pero existen; los pueblos comunes y aislados tampoco parecieran presentar la mejor oportunidad narrativa (Stephen King); un barrio (Quinceañera) o una cárcel a mitad del mar (Islas Marías); pero todas ellas existen. Las circunstancias más extraordinarias o triviales pueblan el universo literario. Tal como indica Gardner, “Aquel que se propone publicar una novela, seguramente la publicará”. Hay una personalidad, una manera específica de ser que le permite tener esa fortaleza necesaria para escribir un texto de largo aliento.

Pensando en ello, recuerdo que durante años consideré la posibilidad de escribir una novela, pero no encontré el mecanismo adecuado, ni a las personas indicadas que me orientaran correctamente para lograr mi objetivo; por ello me inscribí en la carrera de letras e hice una maestría en literatura. Tomé algunos cursos sin que la aportación de mis profesores fuera siquiera suficiente más allá de comentarios poco precisos y nada reveladores. Fue hasta que ingresé a un taller de biografía con una novelista francesa radicada en México y esposa de otro afamado escritor que consideré que aquello que había nacido como un ejercicio literario escolar pudiera convertirse en un texto novelístico. Lo que hice fue guardar en un cajón en manuscrito y considerar que, efectivamente, algún día llegaría a escribir esa loada propuesta. Sin embargo no lo hice, aunque la permanente molestia del deseo siguió ahí, asaltándome durante las noches, en días de fiesta y veladas con amigos. Entonces un día leí, mientras conversaba con una amiga en un café de Coyoacán, el anuncio de la casa editorial Juan Pablos sobre un taller anual de novela que comenzaría prontamente; recordé mi texto y consideré desempolvarlo. Llamé. Pero no fui. Luego pensé en inscribirme a la Sociedad General de Escritores de México para tomar algún taller que me diera las pautas a seguir de manera distinta a lo que había aprendido en la Universidad en cuanto a cómo escribir esa soñada novela.

En el primer semestre nada pasó, las materias, de las que indudablemente aprendí, pasaron sin que consiguiera retomar alguno de los textos pasados. El segundo semestre continuó así hasta que, como suele pasar aquello que atinadamente García Ponce dicta epigramáticamente en su Personajes, lugares y Anexas (el antepenúltimo libro de su extensa producción): “Que los libros llegan a los lectores adecuados”. Y eso me pasó con Gardner.

El libro de J. Gardner, Para ser novelista, me arrancó cierto desasosiego y después un impulso, tal como el de un muerto en estado de coma, quien apenas con el leve tintineo de un dedo, parece dar signos de vida, para despertar de aquel sueño. Ciertamente su libro está dedicado a los jóvenes, es decir a aquellos menores a 29 años, según también lo indica la ley mexicana. Entonces, cuando leía, pensaba: “No, no hagas caso, hay muchos que como Saramago o Monterroso publican con la suficiente edad como para hacer algo digno”. Pensé, ridículamente, en el director de Los puentes de Madison y en cómo era ahora un extraordinario director, o lo que a mí me parecía un creador de obras maduras. Al paso de mi lectura los pensamientos y las emociones se me iban entre el gusto, la comprensión, el aprendizaje y la molestia.

En su libro me vi, me hallé como maestra de español, como neurótica, como escritora, como oficiadora de palabras, como editora, como redactora. Aprendí y he puesto en práctica algunos de sus consejos: transcribí el cuento “Lola” de Truman Capote, esfuerzo que me dejó una tortícolis de fin de semana; por ahora estoy con Calvino, Quiroga y Clark Howard. Transcribo y considero, transcribo y leo.

Por otra parte, pensé en eso otro que me dijo Gardner cuando leí su texto: hay dos tipos de novelistas, por supuesto no me atreví a considerar a ninguno, excepto aquellos que él mismo mencionó. También sentí cierto alivio en ello. ¿Qué tipo de novelista seré yo? No lo sé, pienso que eso es irrelevante para mi trabajo como escritora, creo que, en mi caso, aspiro a contar lo que deseo contar de la manera como lo quiero contar, y que se entienda. Sobre las profundidades a las que nado, no sé mucho. Ciertamente hay nadadores y buceadores en todos los oficios y mucho me temo que esto es ya intrínseco a la naturaleza de cada individuo. Tal, me parece es el caso, como dicta el proverbio salomónico que dice que a “Más conocimiento, mayor dolor”. Cuanto más profundas sean las aguas en la que se sumerge y nada el novelista más intenso puede ser. Yo, por mi parte, como he dicho líneas arriba, sólo deseo escribir, sólo me gusta escribir. Me veo no sólo como novelista, sino como cuentista y ensayista. He tenido la circunstancia agradable en mi vida también de editar algún texto, de corregirlo o de proponer cambios, todos estos aspectos propios de la escritura misma de los que también he aprendido algo.

Sé, como dice el autor, los novelistas, y creo que los escritores en general, podríamos ser cualquier cosa, pero decidimos ser escritores. Sin embargo, pese a esa enorme capacidad y talento que poseemos, no podemos ser más de lo que deseamos. Me siento más agusto cuando escribo. La lectura y la escritura me salvan del mundo, escribo por catarsis y por locura, escribo por amor y por deseo, escribo por enojo e indignación, escribo por dolor y por sanidad; leo por derecho, por decisión, por necesidad, por complacencia, por esparcimiento, por resguardo. Escribo cuando en el corazón no me cabe más que silencio; cuando la suma de los días se hace presente, pero también por imposición, como cuando me toca publicar alguno de aquellos reportes “científicos” a los que, supongo, les tengo poca confianza.

De Gardner aprendí que no sólo es importante escribir todos los días, sino por los motivos adecuados. Aprendí que el lenguaje se resiste a todos, que es una bestia difícil de domeñar pero necesaria. Comprendí el carácter permanentemente opaco de la palabra, comprobé que todos lo que escribimos atravesamos por el mismo páramo; que la palabra nos condena a este constante pulimiento, a la búsqueda de la exactitud, a la trasparencia. Y aprecié el consejo que el buen Gardner me da: cuando las palabras se borran de la lectura y pasan a ser imágenes, podemos considera entonces que hemos escrito algo valioso.

De lo otro, de la vida editorial, de los editores, de que no vivo en un país donde existan organizaciones y representantes como en Estados Unidos, ni hablar. De ese capítulo conservo que el editor es pieza clave para la publicación de nuestra obra. Pero para eso, primero hay que escribirla.

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