John Gardner
Queda claro que escribir no es ninguna ciencia exacta. Escribir es un misterio. Es algo que se aprende, no algo que se enseña. Así es que todas las pistas que nos den son bienvenidas.
El libro es enorme en número de aspectos a lo que se refiere con respecto a los escritores, así es que abordaré tan sólo unos cuantos y de ninguna manera todos los que me resultaron interesantes o importantes.
De alguna manera, me pareció, por momentos, que estaba yo leyendo la cura, el contraveneno de “El Libro Vacío” de Josefina Vicenz. Mientras uno, sirve casi para desalentar al que se atreva a pensar en escribir, John Gardner nos da su propia vivencia para demostrar que sí es posible. Las atmósferas están cambiadas, como en un espejo, para evitar la tortura del escritor y tratar de llevarlo a buen puerto. Las mismas situaciones se aceptan pero se cambian de forma tal que se termina el libro dando un respiro de alivio, justo antes de levantar la mirada y observar la titánica idea de emprender una carrera creativa en las letras.
Es un libro muy humano, muy honesto, pues el autor logra observarse profundamente y con una gran confianza en sí mismo y en sus procesos creativos –buenos y malos, constructivos y destructivos- logrando transmitir al lector los sabores y sinsabores de la amarga y satisfactoria tarea de escribir. Invita, sin dar falsas expectativas a escribir, principalmente por el placer de hacerlo, por el placer de observar el idioma, de torcerlo, de reavivarlo y de sentirse uno con él mismo. Invita a escribir por el placer de crear, sin la expectativa de recibir premios, reconocimientos, o incluso paga. Y tal vez así debería de ser, de otra forma escribir es solamente una forma hipócrita de resolver asuntos personales que tenemos sin concluir.
Quisiera citar textualmente, el argumento que me parece el más compasivo de todos ellos: “El escritor debe de seguir escribiendo a pesar de lo que los demás opinen y de lo que su buen juicio le dicte”. Este, para mí es el planteamiento principal, pues habla de que el autor realmente ha vivido en carne propia esa tendencia que tienen los demás para “cortésmente desanimarlo” a uno cuando anuncia que quiere emprender el camino del escritor. Pero, sobre todo, esa terrible sensación de estarse engañando a uno mismo y a los cercanos con esa “aspiración a escribir”.
De las razones que menciona John Gardner para escribir o para encontrarse entre escritores, yo podría decir que en mi caso es el fanatismo, pues yo ya probé otras profesiones y la que más me gusta es escribir. Ciertamente me parece que escribir tiene algo de heroica necedad o imprudente perseverancia. Hay que hacerlo, a pesar de que el buen juicio dicte otra cosa, porque el cuerpo lo pide.
Y esto último, lo que el cuerpo y el espíritu demandan pueden ser las principales razones; tal vez para mantener el cuerpo vivo y en movimiento, explotando y desarrollando una habilidad a la que uno se siente obligado porque no debe de ser atrofiada ni desperdiciada. O calmar el espíritu escribiendo lo que se viene a la mente en paroxismo y catarsis, satisfaciendo la restricción económica de no pagarle al psiquiatra pero consiguiendo el mismo resultado.
También, en el terreno de lo psicológico, escribir para ser oído, escuchado, entendido, respetado, ignorado, tomado en cuenta o hasta temido. Por un requisito de socializar, de ocupar un espacio, intentar trascenderse a uno mismo en busca de algo mayor, tratar de ser reconocido como tal, de dejar un legado, de ocupar un hueco, un vacío en el alma y llenarlo -aunque sea- de manera falsa.
O, incluso, escribir para realizar el acto más sagrado de todos: crear. Detenerse al hablar, repetir una frase poco a poco, como si se entrecomillara sola y anotarla en un papelito que se guarda en el bolsillo. Para que la vida no se nos vaya como una carta sin abrir, para que al morir no nos quede ese amargo sabor en la boca: un anhelo sin cumplir.
Lo difícil, es lo original. Dar algo sorprendente. Al lector hay que sorprenderlo, pero entendiendo la sorpresa como producto de una reflexión, no como un juego, o si acaso, como el resultado de un juego inteligentemente reflexivo.
Ser autor es contemplar el paisaje interior; vislumbrar el infierno o paraíso íntimos. Es sacar a respirar las ideas que son privadas y primigenias para nuestro ser. Es escribir y preguntarse: ¿de dónde vino todo esto?
Es casi como si se pensara –realmente- con una pluma en la mano y no con la cabeza. Es explorar lo externo y lo interno con nuestras habilidades, con nuestros dones: incrementándolos y desarrollándolos. Es contemplar el mundo y arriesgarte a plasmarlo en un suspiro en blanco y negro; como un susurro –inefable- que en cuanto se musita, se desvanece.
Uno escribe por el gusto de escribir y creo que ese gusto se puede comunicar. Uno ejerce la palabra y así descubre su riqueza, su variedad y su belleza. La literatura no denuncia, sólo pinta una realidad y el público decide. No podemos escribir predisponiéndonos a denunciar. Si somos comprometidos y con preocupaciones éticas, la obra por sí sola reflejará lo que somos y lo que creemos, aunque también revelará los rincones desconocidos de nuestro pensamiento.
Yo soy mi público. Claro, soy un público muy generoso y amplio, pero tengo un gusto que va desde obras clásicas hasta obras muy populares. Con unas juego y con otras trato de reflejar diferentes aspectos de la sociedad. Pero siempre me divierto, pues de eso se trata la creación literaria. La literatura tiene la enorme capacidad de ser diversa, universal y de hacernos vivir destinos ajenos.
La obra que más me gusta, mi mejor obra, es la más reciente, la que refleja mis preocupaciones, mis pensamientos, mis ilusiones y mis fantasías. La mejor obra que he escrito siempre es esa historia que me busca en sueños porque quiere ser contada. Seguramente habrá muchas historias que se me queden en el camino, pero ya vendrá otro que sepa escucharlas entre sueños y contarlas.
Es como vivir de pronto en contacto con el mundo de las ideas de Platón, atrapar unas cuantas para regresar al mundo de los vivos, de lo material, -de lo mundano- y contarlas a la gente. Contarlas a la gente aunque estén tuertas, tergiversadas o incluso muertas. Ser autor es la distracción más elevada, la evasión más íntima y –ya lo dijimos-el acto más sagrado: “Crear”.
El autor menciona que el aspirante a escritor debe de inscribirse en cursos y talleres de escritura y coincido con John Gardner cuando dice que “el estudiante no mejora a base de burlas”. El ambiente de los talleres literarios debe de ser generoso y respetuoso para que el novel escritor pueda progresar. Una de las cosas más difíciles de encontrar, en estos talleres, es un profesor que esté dispuesto a alentar al alumno a escribir como el alumno escriba, siendo una escritura acorde a la personalidad del alumno y no necesariamente acorde al gusto del maestro. El escrito del alumno puede tener fuerza y peso específicos y no ser del agrado del profesor.
De cualquier manera, al fin y al cabo estamos solos. Lo más difícil será encontrar una voz propia, un estilo definido y que guste, para seguir “comprando” nuestro “tiempo literario”, ese momento en el cual podemos olvidarnos de las preocupaciones mundanas y dedicarnos a lo que realmente alimenta el alma. Gardner bien dice que las recompensas del alma deberían ser suficientes.
Y tal vez nuestra propia historia no sea más que un breve y frágil hilo argumental: quiénes somos, qué queremos, qué se nos opone y qué estamos dispuestos a hacer para conseguirlo. ¿Ganaremos, perderemos o nos inhibiremos? Es un libro muy humano: “No hay maneras equivocadas de escribir; hay maneras más o menos eficaces de escribir” es una frase afortunada y humana.
Tal vez Gardner provee más consuelo que respuestas. Uno sabe, que un libro es bueno, cuando uno lamenta que se haya terminado. Gracias por recomendarlo.
domingo, 22 de marzo de 2009
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