María Jolanta Jaworska Ostrowska
2042 II SEMESTRE, SOGEM
EL DILEMA DE ORFEO
Don Hermesio disfrutaba su café matutino en la terraza. Una mañana fresca de abril cobijaba su cara marcada por el paso del tiempo. Con los ojos cerrados, saboreaba cada trago de la aromática bebida. Satisfecho dejó la taza vacía en la mesa, desdobló el periódico local y un titular de primera plana gritó en su cara: ¡OTRA VÍCTIMA DE LAS GRUTAS! El hombre que hace dos días fue encontrado en la entrada de la gruta totalmente destruida por el derrumbe, murió hoy en la madrugada a causa de la hemorragia interna. El rostro de Don Hermesio se encogió por el dolor. Así se va la vida, así termina el dilema de Orfeo, hijo de Rey Tracio. Nadie era como él. Un músico nato, el virtuoso, cantante y artista. Cada instrumento que tocaba vibraba como la vida misma. El mundo entero callaba atraído por los sonidos. Se abrían los corazones. Se purificaba el alma y la música se elevaba en lo alto llegando hasta los oídos de Dios. Cuando Orfeo se casó con Eurídice, era el hombre más feliz. Me lo confirmó ayer cuando lo visité en el hospital. Viví en el Paraíso con mi mujer bella y amorosa. Todos me envidiaban. Los ojos de Eurídice con una mirada despertaban mi deseo de abrasarla y quererla. Nadie tenia los labios más bellos que ella. Nuestros días parecían no tener fin y por las noches me sentaba a sus hermosos pies, tocaba mi lira y alma le cantaba las palabras dulces confesando todo mi amor. Todo era perfecto, no podía pedir más, hasta el día fatal cuando ella desapareció. Decían que la había mordido una serpiente y dos turistas la llevaron en su coche rumbo al hospital. Nunca llegaron a su destino. Cerca de las grutas el coche cayó a la barranca, estalló en llamas y todos perdieron la vida. No les creí, porque nunca vi su cuerpo y su esencia permanecía en mi piel como si apenas me hubiera tocado. Eurídice no podía estar muerta. Escuchaba su respirar en mis oídos y el aletear del colibrí que siempre venía a saludarnos, me indicaba que mi amada debía de seguir con vida. Así que la busqué por todos lados, sin resultado alguno. Aún así, no perdía la esperanza. Mientras mi corazón latiera, mientras el colibrí levantara sus alas, mi Eurídice estaba en algún lado, esperándome. Pero pasaron días y luego meses en los que recorrí el mundo, sin poder encontrarla. Nadie sabía de ella. Parecía que la tragó la Tierra. Un día, desperado entré al inframundo de las grutas, a un infierno para rescatarla. Grité su nombre y nadie me contestó. Enloquecido por el dolor me adentraba más y más en la oscuridad, por los caminos resbalosos, respirando el aire pesado y denso de la humedad. El frío oscuro calaba mis huesos y congelaba mi cuerpo. Con la cara arañada por las estalactitas extendí mis manos para protegerme de tropezar pero no me sirvió de mucho. De cada caída que sufrí en el camino me levantaba con dificultad, cada vez más lento. El lodo me embarraba la cara, tapaba los ojos y la nariz cortando la respiración. No se como logre llegar a un lago y casi muerto me arrodillé en la orilla. Con los dedos entumecidos toqué las cuerdas de mi guitarra. Parecía que a mi lamento se unieron todas las penas de la gente desconsolada y llenaron todo el espacio con una tristeza enorme. Expresando mi dolor canté, grité, lloré, implorándole al cielo y al infierno por el regreso de mi Eurídice, hasta perder la conciencia.
Una voz tranquila me despertó. Era su voz, Don Hermesio. Me guiaba e instruía qué hacer. Cumplí todas las condiciones y caminé sin voltear hasta aquél camino empinado, medio iluminado por la luz del día. Sentí un suspiro tras mi espalda, fue donde tropecé y cayendo giré la cabeza. ¡Cuidado! - grité mirando atrás. Mi voz desapareció en el rugido de la roca que se derrumbó y me apartó de Eurídice. Por segunda vez su voz me despertó ahora, en el hospital. Ayúdeme en mi dilema Don Hermesio. ¿Es cierto que Eurídice estaba detrás de mí? ¿Ella suspiró tras mi espalda o nada más fue el aire que quedó entre mis brazos cuando quise abrazarla? Porque si era ella, yo soy el culpable de su desgracia. Fue mi descuido que la regresó a la oscuridad. En este caso tengo que seguir el único camino que me llevará a ella. Pero si me engañaron y no era ella, yo tengo que vivir para buscarla. Dígame la verdad, por favor. Estaba tan alterado que la enfermera le inyectó un tranquilizante y casi me corrió del cuarto. Te prometí regresar Orfeo. Te lo prometí. Qué mal consejo te dio el sueño forzado. ¿Por qué no me esperaste?
miércoles, 15 de abril de 2009
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