martes, 10 de febrero de 2009

Maria Jolanta Jaworska Ostrowska
II SEMESTRE
SOGEM 2042

PANCITA (el gusto)

Para mí la comida es un placer y me gusta experimentar en la cocina. A veces con pocos ingredientes disponibles logro a revivir los sabores que me gustaron hace años o recrear un sabor nuevo de un platillo que apenas conocí porque no tengo la receta como hacerlo. Siempre trato de probar la comida nueva antes de descartarla o aceptarla en mi menú. Sin embargo existen dos platillos que nunca he querido probar: ancas de rana y pancita. - Nadie me va a convencer comer algo de rana, pero de vaca ¿Quién sabe? – pensaba yo cuando me tocó escribir sobre el gusto. Mi familia cansada de ayudarme en mi lucha diaria por dominar el manejo de dichoso blogspot, categóricamente rechazó la invitación para comer pancita. – Deja nos en paz lejos de tus experimentos – esto me dijeron. ¿Pero para que están los amigos? Cuando les avisé de mi problema llegaron rápido y en un poco tiempo me enteré donde sirven la mejor pancita y también como se prepara. Los detalles de la materia prima de este platillo como cayo, cacarizo, libros, trenza y cuajo me hicieron dudar de mi capacidad de poder prepáralo. Entonces ellos me invitaron a comer a una fonda de portales donde sirven exquisita e incomparable pancita. El sábado salimos a las nueve treinta de la mañana para estar a más tardar a las once en la fonda. El lugar estaba casi lleno. Olga y Jorge, los expertos en la pancita y clientes frecuentes, se ocuparon de ordenar. Ente bromas y las cervezas llegaron a la mesa los tazones con pancita. Yo me puse muy positiva, mire la comida, metí la cuchara al caldo y probé. El calor del líquido casi me quema la lengua. Abrí la boca y sin tragar empecé ventilarla tomando y expulsando el aire. Cuando por fin pude tragar, sentí la boca salada y quemada, nada más. Después de esta experiencia desagradable soplé varias veces a la siguiente cuchara. Con cuidado la metí a la boca. Ahora si pude sentir el sabor fuerte del caldo de res condensado y picoso. El chile picaba mi lengua y la garganta pero no demasiado dejando en mi boca la sensación del hambre como invitando a comer más. – Prueba la panza – me animaban los amigos pero yo prefería saborear el caldo. Poco a poco en mi tazón empezaba a surgir un montículo de varios pedazos de algo. No hay remedio – pensé y por fin me decidí meter uno de los más chicos a la cuchara. Ya no era necesario soplar, pero los hice varias veces y con los ojos cerrados metí la pancita en mi boca. En la lengua sentí algo un poco gelatinoso y lo apreté con la lengua una y otra vez. El pedazo no se deshizo como pensaba yo, se resistió, entonces empecé masticarlo. Era bastante firme pero bien cocido, con el sabor más delicado que el caldo, no tan picoso. Pasó. Mis amigos me aplaudieron. Guiada por ellos metía a la boca: cayo, más duro de todo, cacarizo y otros, pero los que más me gustaron fueron los pedazos de libros, así se llaman unas partes del estómago de vaca. Es carne trenzada con la delicada firmeza y al masticarla las delgadas trencitas rozaban mi lengua que les daba vueltas y los saboreaba con un chasquido indecente. Agradecí a mis amigos la comida. Lo pasé muy bien con ellos y la comida me gustó mucho.

2 comentarios:

  1. María me gustó mucho tu texto, me divertí mucho, de verdad.

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  2. María! Yo tampoco soporto la idea de comer pancita. Gracias a ti ya no me da asco, pero con tu experiencia me basta. Gracias por ahorrarme el tener que probarla para saber que se siente.

    Hay algunas cosas que debes revisar en cuanto a gramática, sé que este no es tu idioma natal pero lo hablas perfectamente y estoy segura de que si revisas una vez más el texto, tal vez en voz alta, encontrarás algunas cosas (mínimas) para corregir. A mí también me pasa y eso que este sí es mi idioma.

    Qué bonito esta eso de tus amigos que te apoyaron, le creó un ambiente agradable a la lectura, te imaginé sufriendo pero en buena compañía.

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