Enciendo una varita de almizcle y el humo desaparece lentamente entre los muebles y el techo blanco del departamento. Luego de que la esencia se dispersa, un tenue aroma, del que he hecho diversas conjeturas, aparece. Primero pensé que se iría quitando en cuanto llevara mis muebles y objetos personales y habitara yo el lugar; después consideré que se iría con las buenas vibras de algunas plantas naturales, pero eso tampoco sucedió. Entonces imaginé la naturaleza y origen del mismo: supuse que se debía a la presencia de los antiguos inquilinos, quienes seguramente había vivido allí más de 40 años, dejando con ellos vestigio de hábitos y rutinas impregnados en las paredes de cada habitación. A veces imagino al viejo con un cigarro en la mano y de su boca lenta escapando bocanadas de humo que se mezclan con el olor del mismo hombre de chaqueta gris. Creo que aún viven conmigo. Su presencia huele.
Sin embargo, antes de llegar a tal conclusión y luego de los almizcles y las plantas, comencé a oler muy de cerca las alfombras de la recámara, las paredes, las cortinas y aún algunas rendijas con el objeto de localizar la fuente de aquellos olores, de tal investigación concluí que ese mal provenía de las alfombras que, según esto, me habían jurado habían sido lavadas recientemente. Obvio, en cuanto consideré que de los tapetes provenía esa fetidez, los mandé limpiar.
Y ahí estaba el lava alfombras refunfuñando por el precio convenido de 800 pesos y el esfuerzo sobre humano de cepillar dos alfombras, 3 sillones y un tapetito rosa. Según me explicó, la tallada no había sido suficiente sin embargo, insistió, hizo el trabajo lo mejor que pudo.
Contenta, aquella tarde me recosté sobre la alfombra del estudio segura de su limpieza. Nada de ácaros, me dije. Y, ciertamente, ese día la casa no tuvo el olor de siempre, pues de las fibras grises se desprendía una fragancia jabonosa y fresca. No obstante mis esfuerzos, al poco tiempo volvió aquel olor, por lo que pensé ésta vez que si pintaba los muro la cosa sería distinta, así que cambié del durazno al rojo inglés, del blanco al marfil y, como era de esperarse, luego de un par de semanas el olor volvió a aparecer. Finalmente, luego de la angustia de imaginarme las gruesas capas de hongos y polvo que habría debajo de la guata, realicé una buena inversión en pastillas, perfumes, detergentes, paños, espumas y todo aquello que me fuera útil para eliminar el olor.
Hasta ahora, la mejor solución que he encontrado es llevar a cabo una limpieza constante y minuciosa. Acostumbro poner abundante aceite de madera sobre los muebles, a utilizar cloro para el piso de la estancia; pastillas de lavanda en los closets y prendo varitas de incienso preferentemente de sándalo y mirra, entro otras. De los antiguos inquilinos que habitaron el mismo espacio donde ahora me encuentro, a veces los miro cuando el sentido del olfato me dice que ese olor proviene y no de la casa. No les he dado voz. No sé cómo se llaman, sólo son dos personas que actúan dentro del mismo espacio: hablan, fuman, se besas, mientras yo los miro desde el dintel de alguna puerta como en un sueño.
Sara Rivera
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