lunes, 16 de marzo de 2009

CUENTO DE MIGUEL ANGEL CRUZ

Introducción a la Narrativa
Tema libre sobre un mito
El Sombrerón
Miguel Angel Cruz Sánchez
Mat. 2015

Aunque los días fueran húmedos y los aguaceros se prolongaran hasta después de la media noche, de todos modos, el calor era sofocante. La piel se adhería en sus pliegues y el sudor escurría copioso empapando las sábanas. Para mitigar este inconveniente: las ventanas eran dejadas abiertas de par en par. Los perros que ladraban a lo lejos, se aquietaban de súbito al escuchar los cascos de un caballo, dejando a la noche más que serena, en tensa calma. Bueno, eso decían.

Hay quienes cuentan que en Tapachula cuando aun era un pueblo polvoriento y sus calles estaban empedradas: antes de la madrugada solía pasearse solitario en su azabache de imponente alzada el Sombrerón. Nada extraordinario, diría cualquier fuereño, que alguien tuviera la apetencia por dar un paseo a esas horas. Sin embargo, tiene que ver con los hechos que me fueron confiados por el abuelo.

Yo ya sabía algo de esa leyenda: decían que tras el paso de aquel jinete, alguna desgracia se cerniría en el pueblo. El Sombrerón, aseguraba la gente, era un misterioso caballero vestido completamente de negro. Llevaba abotonaduras de oro reluciente, que en la oscuridad conjugaba con el grueso bordado del mismo metal del sombrero ala-ancha. La figura erguida cabalgaba en una fina montura cuidadosamente adornada con incrustaciones de concha nácar. Espuelas y arreos plateados completaban aquella imagen que parecía estar rodeada de un halo incandescente. Al escucharse los primeros golpeteos rítmicos de los cascos contra las piedras, la gente se apresuraba a cerrar las ventanas. Nadie debía verlo y nadie debía ser visto por aquel extraño ser.

―La primera persona que lo vió ―me contó el abuelo antes de su prolongada agonía―: sufrió de ataques, perdió la conciencia y acabó vagando sin rumbo. Era un buen muchacho hasta que se topó con el Sombrerón.
―¿De done venía? ¿De donde era? ―intrigado, quise saber.
―Allá por 1920, cuando por el desgajamiento de una parte del Tacaná cambió el río su rumbo. Las aguas entraron en muchos plantíos. Las fincas perdieron no sólo las cosechas sino que hasta los granos de las bodegas. Los peones huyeron antes de la inundación. Veintidos días con sus noches estuvo lloviendo y lloviendo. El sol se negaba y el cielo ni tantito que aclarara. Muchos vinieron para acá. Las banquetas llenas de gente. Allí quedaban apretujados cubriéndose de la lluvia con cartones o con lo que hubiera. Sus mujeres y sus hijos amontonados. Los que teníamos donde meterlos, les dimos techo y comida por unos días. No a tantos por que no teníamos mucho que ofrecer. Y los que no pudieron venir, algunos de ellos murieron arrastrados por la corriente. Los caporales y los patrones fueron los únicos que habían quedado nomás tratando de salvar los granos. Pero no, que va. Todo, todo se echó a perder.
―¿Pero, y el Sombrerón entonces de donde vino?
―¡Ah sí! ¿El Sombrerón?
―Sí, abuelo. ¿Cómo llegó el Sombrerón a Tapachula?
El abuelo frunció el seño y fijó su escasa vista en un punto indefinido. Caviló por un momento.
―El Sombrerón, el Sombrerón ¡qué caray!
Nunca había visto ese rostro del abuelo. Percibí en él un aire entre tristeza y vergüenza. Sin embargo, por curiosidad o necedad, no lo supe, insistí.
―¿Fue verdaderamente terrible, abuelo?
―Sí, con decirte que hasta después de una semana que dejó de llover, el río crecido seguía arrastrando los cuerpos. Tu padre y yo nomás los veíamos pasar. Allá los fue a echar hasta el mar. Vinieron gentes de fuera. Casi todos preguntaban por algún familiar. Las señoras grandes y otras jóvenes preguntaban si habíamos visto a un fulano llamado tal o cual. No po's estaba redifícil saber quién era quién. Algunos eran de Oaxaca, otros del otro lado. Nadie los conocía. Y ni entre ellos se conocían.
―¿Y el Sombrerón, abuelo?
Le vino un brusco acceso de tos que lo obligaron suspender la charla. La tía Refugio, hermana de mi padre, acudió de inmediato para asistirlo.
―Mi hijo, déjame a solas con él. Así se pone cuando le alteran los nervios. Le viene la tos y luego queda bien dormido por todo el esfuerzo. Yo creo que mañana le siguen con la plática. Mira, ya es muy noche. Tú también has de estar muy cansado. Venir desde México en tren es muy pesado. Tienes que desempacar. Anda, ve a descansar.
No había mucho que objetar. Los besé en la frente antes de retirarme a mi cuarto. Ella correspondió trazando una cruz en mi pecho.
Ciertamente, el cansancio del viaje provocó que al tumbarme en la cama quedara inmediatamente dormido. Una o dos horas después, mi sueño profundo lo interrumpió el abuelo. Su respiración sonora alternaba con marcadas pausas. De repente todo quedaba en silencio y luego volvía con una inspiración tan ruidosa que era imposible pasar desapercibida aun dormido: creí que en una de esas moriría. Me incorporé pesadamente, encendí la luz esperando no molestar a nadie. De una de mis maletas cogí un libro: Tratado de Patología Porcina, lo leí por un rato con el único fin de retomar el sueño interrumpido. No sé a que horas volví a dormirme.
Al siguiente día, el abuelo y la tía Refugio, como si nada, retomaron sus actividades rutinarias. Ella, cuarentona, soltera, maestra de primaria, también de vacaciones, me ofreció el desayuno en cuanto me vio salir del cuarto. El abuelo en el patio, sentado en una cómoda mecedora a la sombra de un naranjo. Ellos vivían solos en aquella vieja casona. Mi padre y mi madre habían muerto en un accidente. Fui hijo único. El abuelo y mi tía decidieron enviarme a la ciudad de México con el otro hermano de mi padre. Cada año, en mis vacaciones, volvía a Tapachula.
Al ver al abuelo sereno en ese cómodo asiento y de aparente buen humor, creí conveniente pedirle que continuáramos con nuestra plática de la noche anterior. Así, arrimé una silla a su lado y me dispuse a escucharlo.
―¿Y el Sombrerón, abuelo?
―En aquel temporal, don Valente Marín y su caporal, únicamente los dos, trataron de salvar algo de la cosecha allá en la finca. A pesar de ser hombres fuertes, duros como los toros, nada pudieron hacer. Y nada se supo de ellos después. Unos dicen que los llevó la corriente río abajo y que fueron devorados por los lagartos. Otros dicen que el río los arrastró hasta el mar y que los tiburones acabaron con ellos. Pero otros aseguran que al ser arrastrados hasta el mar, unos pescadores japoneses los rescataron con vida y que ahora viven en una isla de Japón. No creo que ninguna de esas historias sea cierta. Lo más seguro es que murieran ahogados y fueran banquete de los zopilotes.
―¿El Sombrerón apareció después de aquello?
―El Sombrerón, el Sombrerón. ¡Mmm!
―¿Que hay con lo del Sombrerón?
―Ese es el cuento.
―Quiero conocerlo bien. Siempre he escuchado una que otra cosa de él. ¿Quién era? ¿El demonio? ¿Alma en pena?
―Mira hijo, déjalo así. Todo el mundo así lo entiende y es mejor que allí quede.
―¿Tan malo es el asunto?
―Para tí, sí lo es.
La voz apagada que aparentaba cierta tranquilidad no hicieron más que provocarme un desasosiego. Con su infidente desliz mi insistencia pasó de la mera curiosidad al asombro. Ahora, tenía el derecho de conocer toda la historia. Las preguntas desfilaron fugaces en mi mente una tras otra.
―¡Cómo que para mí! ¿Qué tengo que ver en todo esto, abuelo? Ahora sí que me has dejado muy intrigado. No entiendo nada. Por favor abuelo, no me vayas a dejar con la duda.
Muy serio caviló en silencio por un largo instante. Finalmente decidió.
―¿Tu tía anda por allí?
―No, creo que salió desde hace rato.
―Te voy a contar toda la verdad. No quiero que nadie más la sepa. ¿Prometes no alarmarte ni contárselo a nadie?
―Pierde cuidado, abuelo.
―Ciertamente dijieron mucho. Pero lo que más corrió por el pueblo, fue que el Sombrerón era don Valente.
―¿Por qué habría de ser él? ¿No que era buen hombre?
―Lo fue. Pero afirmaban que paseaba por las noches para cobrar venganza. Que no perdonaba que lo hubieran dejado solo allá en la finca cuando lo del gran temporal.
―¿Y cuando apareció por primera vez creyeron que había tomado el alma de su víctima?
―Sí. Después hubieron muchas personas a las que les daban los ataques. Otros nomás quedaban como idos un rato. Todos en el pueblo decían que les pasaba eso por haber visto a los ojos del Sombrerón.
―¿Tú que pensabas?
―Yo también lo creía. Y esto es lo más duro para mí.
Al verlo tan serio me sentí apenado. Me dí cuenta de mi enorme torpeza.
―Si quieres, ya no me cuentes más.
―Un día que tu padre llegó de la fábrica de chorizo en que trabajaba, me contó con mucha pena que eso del Sombrerón él la había inventado. Que una noche de bolera, al amigo con quien venía le dio un ataque a media calle. Casualmente por allí pasaba un hombre de a caballo quién sólo le dijo que lo sentara en la banqueta, y sin detenerse desapareció. Todo lo demás fue consecuencia de lo que tu padre compuso.
―Pero ese cuento nadie podría creerlo.
―Nadie dudó de él. Y así como ese muchacho, a otros más le vinieron esos ataques. Tal fue la creencia, que muchos afirmaron haber visto al Sombrerón y de haberse salvado de él. Yo veía a tu padre muy serio cuando escuchaba algo sobre el Sombrerón. Pensé que estaba afectado por ese encuentro. ¡No, que va! Si bien que sabía de su tarugada.
―¿Y, tú que hiciste?
―Fui a ver al padre Luciano, y le conté lo que me contó tu papá. Me dijo que no dijiera nada. Que ya todos en el pueblo lo creían.
―¿Quién más lo supo?
―Sólo yo, el padre y ahora tú, mi'jo.
―¿Y, qué pasó después?
―Nada. Tu papá tenía ese defecto. Le gustaba mentir mucho. Y siempre había quien le creyera.
―¿Hubieron más personas a las que les dieran ataques?
―De cuando en cuando, por allí sale uno que otro con el Mal de don Valente, así le llaman por aquí, pero ya no tantos. Tu padre dejó de trabajar en la fábrica cuando se fueron los dueños a otro lado. Luego, con lo que le dieron compró el taxi. El mismo carro en el que murió junto con tu mamá.
―¿La fábrica de chorizo cerró?
―Sí, ¿por qué? Fue una lástima. Allí trabajaban como cincuenta personas. Y lo que sea de cada quién: el chorizo era muy sabroso. Sí, muy sabroso. Hasta se antojaba comerlo medio crudo.
La revelación me dejó completamente perplejo. Pensé y pensé por largo rato: ¿El Sombrerón? ¿Mi padre? ¿Ataques? ¿Chorizo? Finalmente, todo tuvo sentido.

2 comentarios:

  1. La historia y la manera de contarla me parecen muy buenas, pero no me queda claro qué es lo que finalmente cobra sentido para el narrador. Si se me fue un detalle, no me hagas caso, pero creo que cerrarías mejor añadiéndole una pequeña reflexión del narrador acerca de su padre.

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  2. A mí me pareció muy claro, medio obvio, pero igual porque soy más perverso. Algún mal que tiene que ver con los puercos y los chorizos y algo que hizo mal el papá. En fin.

    Tengo algunas críticas.

    1 Creo que hay muchas cosas que sobran, por poner un ejemplo, en el primer parrafo:

    Aunque los días fueran húmedos y los aguaceros se prolongaran hasta después de la media noche, de todos modos, el calor era sofocante.

    Creo que no hace falta el "de todos modos" si ya se ha dicho "aunque". La frase hace exactamente el mismo sentido pero se vuelve más ligera.
    Así hay varios momentos que puedes revisar con calma.

    2.- Los diálogos del niño tienen muchas cosas raras:
    a) de pronto tiene frases raras como "pierde cuidado". Si es una forma coloquial de hablar en el sur está bien. Si no suena rarísimo.
    b) Sé que los niños son muy preguntones, pero por el formato de las preguntas y por la insistencia de pronto parece más bien un reportero. Quizás le haría bien comentar un poco lo que le dice su abuelo, reaccionar a lo que se le va revelando.

    3.- En el mismo sentido del punto anterior hay una inconsistencia:
    Si el niño no entiende hasta después de un rato de reflexionar no diría ―¿Quién más lo supo? puesto que él aún no sabe cual es el secreto. Por otro lado sería más insistente en que se le aclararan las cosas y el abuelo podría negarse a seguir hablando. Después medita y lo entiende todo.

    4.- Hay un parrafo al centro del cuento donde se explica quienes son los personajes, la historia de los padres muertos, etc. Me parece que esto es una presentación que debió hacerse al principio del cuento. Pareciera que en ese momento se te ocurrieron todos los detalles. Frena el ritmo de la narración.

    Es todo. Espero que te sirvan de algo mis comentarios. Cualquier duda pregúntame en clase.

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