martes, 17 de marzo de 2009

Cuento de reinterpretación mítica

Las Guerras Silenciosas


Horacio no entendía esa guerra.
Durante los largos meses que duró su encierro en casa imaginó que las calles se habían llenado de minas, de trincheras a lo largo de las aceras. Pero ahora que al fin caminaba por la avenida bajo la lluvia, la ciudad exhalaba una serenidad abrumadora, incompatible con las hipótesis que el pequeño Horacio se había hecho desde la mansión.
Ya antes había tenido la sospecha de que algo raro había con esta guerra. Ese mismo día, mientras terminaba la última misión en su juego de computadora, se preguntó por qué sus padres tendrían tanto miedo de que él saliera a la calle. Por más que escudriñara el mundo desde la alta ventana de su cuarto, nunca logró ver humo ni explosiones.
Sólo el noticiero de la tarde hablaba de muertos, de confortamientos armados, de droga y militares. Ningún otro síntoma real le permitía comprender el temor de sus padres.
Pero sobretodo le extrañaba que en el juego de computadora no hubiera “narcotráfico” ni “crimen organizado” (esas palabrejas incomprensibles del noticiero).
-¡Horacio! ¿Puedes bajarle al volumen de tu jueguito? Quiero hablar por teléfono.
- ¿Y no te puedes ir a tu cuarto?
- ¡Se escucha hasta allá! Si no le bajas voy a apagar la computadora.
Helena era cada día más insoportable. Se sentía muy grande sólo por tener dos años más que él, sobretodo a partir del día en que se cortó la entrepierna. Pero Horacio también se había cortado muchas veces y ya no lloraba. No entendía entonces esa insistencia de su hermana por creerse más madura. Ya ni siquiera jugaban juntos.
- Te lo advertí – Helena desconectó la computadora.
- ¡Carajo, Helena! Eres una estúpida. Le voy a decir a papá.
- Papá ya ni siquiera viene a la casa.
- Por que está en la guerra. Pero algún día se va a terminar la guerra.
- No seas tonto. Siempre ha habido guerra. El problema es que mamá no lo quiere. Seguramente papá sale con otra.
- No digas esas cosas.
Helena se recostó en la cama y empezó jugar con el oso. Horacio era bastante rencoroso en la escuela, incluso vengativo, pero por alguna razón nunca podía estar enojado del todo con su hermana.
- Mamá nunca lo ha querido…
- ¿Por qué dices eso? – Se recostó sobre su vientre y miró al techo. Ella sumergió sus dedos en el cabello de su hermano y lo acarició suavemente.
- Ay, Horacio, a veces eres muy inocente. ¿Qué nunca has visto las fotos viejas de mamá con ese otro hombre?
- Sí. Pero mamá dejó a ese hombre hace mucho tiempo.
- Porque se murió.
- Sí, porque se murió.
Helena se llevó las manos a la nuca y miró las estrellas fosforescentes pegadas en el techo.
- A veces creo que en esta guerra papá no está del lado de los buenos.
- ¿Qué quieres decir?
- Cuando íbamos a la escuela… a veces las niñas… decían cosas malas de papá.
- Siempre han dicho cosas malas de papá.
- Que él lo mató.
- ¿A quién?
- Al hombre de las fotos.
Horacio se levantó, volvió a conectar la computadora y la encendió. Helena era más bonita que antes y de alguna manera la sentía más lejana. No le gustaba hablar de papá con ella. Quiso cambiar de tema.
- Hoy va a venir Eduardo.
- Ya lo sé.
Horacio entró a Internet y buscó la palabra “narcotráfico”.
- ¿Crees que Eduardo se acuesta con mamá?
- Helena, deja de decir tonterías. Eduardo es primo de papá.
Empezó a leer en la pantalla las primeras definiciones que aparecieron en el buscador.
- Seguro que se acuestan. Por eso viene tan seguido a la casa.
Él guardó silencio. No tenía ganas de seguir discutiendo. En cuanto terminó de leer, apagó la computadora, apoyó la mejilla en su puño derecho y miró a su hermana fijamente.
- Helena, ¿crees que papá venda droga?
Pero esa noche, en la acera, no había droga, no había armas, no había balas. Solamente el murmullo tenue de la lluvia que comenzaba a escampar, uno que otro carro que pasaba a su lado y le salpicaba el agua de los charcos.
Sentado sobre la banqueta dio un tercer repaso a los números del celular. Ahora, definitivamente sólo podía confiar en su tío, pero él vivía hasta la colonia Juárez, del otro lado de la ciudad. Marcó seis veces el número para convencerse de que había perdido su celular o lo había cambiado o no le quería contestar.
La tormenta cesó del todo después de tres horas y el mundo bajo la humedad del verano lucía diferente, desteñido, ahogado.
Un chico de ropa raída y sucia lo miró largamente del otro lado de la acera. Horacio se dio cuenta de que el teléfono en su mano era muy caro. También su ropa. Entonces, sin esconder el aparato, se levantó y cruzó la calle en línea recta hacia el desconocido.
Apenas unos minutos antes de que cayera el primer relámpago de esa tormenta, llegó Eduardo a la casa. Los niños lo miraron con recelo, recibieron su beso de barba y siguieron sus pesados pies hasta la cocina. Charlaron un poco. Después dijo a mamá que tenían cosas muy importantes que hablar y se encerraron en el cuarto.
-¿Lo ves? A Eduardo le importa un carajo papá.
- Helena, te estás volviendo loca.
- Hablar de cosas importantes… ¡Va! Lo único que quieren es meterse en la cama.
Horacio sintió un escalofrío y se alejó a su habitación. Esperó a que su hermana desapareciera del pasillo. Después bajó de puntitas hasta el cuarto de sus padres y pegó el oído a la puerta. La voz grabe de Eduardo vibró entre la madera y su oído.
- …nos dan protección y dinero. Piénsalo bien. En cuanto todo halla terminado podemos tomar un avión con los niños e irnos muy lejos de aquí ¿Es que te gusta estar toda la vida encerrada?
- Me preocupan los niños.
- Llévatelos. Pones los somníferos, llevas la comida a los guardias y te vas al cine. Yo los alcanzo en el aeropuerto cuando todo esté hecho.
- Y después, Eduardo, ¿qué les voy a decir?
- Diles que lo mataron en la guerra. Entraron unos tipos a la casa y lo mataron.
- Sh. Silencio.
- ¿Qué pasa?
- Sh. Sh. Escuché algo. Detrás de la puerta…
Horacio no alcanzó a huir por el pasillo.
- ¡El niño…! Lo escuchó todo, Eduardo.
- ¿Qué escuchaste, Horacio? ¿Qué escuchaste?
- ¡Suéltame!
- Horacio… Tranquilízate, hijo. ¿Qué escuchaste?
- ¡Helena! ¡Helena! ¡Quieren matar a…!
La mano de Eduardo alcanzó a silenciar esa voz chillona. Después vino la mordida, la sangre, los gritos, los golpes, hasta que Horacio quedó tendido en el suelo, sometido rápidamente por la brutalidad de aquel gigante.
- ¿Qué haces?
- El niño sabe. Lo va a arruinar todo.
Arrastraron a Horacio hasta su habitación. Eduardo le arrancó el celular de la bolsa y se lo guardó. Después fue hacia la computadora sin soltarlo. La tomó con una mano y la estrelló contra el suelo. Cuando salieron, su madre puso llave a la puerta.
Quedó tendido unos segundos en el suelo. Se levantó con el primer grito de Helena. Caminó hacia el espejo mientras el forcejeo se iba alejando por el pasillo hasta el cuarto de su hermana. Sonó un portazo. Miró su rostro con una gran cicatriz en la ceja izquierda y por un segundo reconoció a su padre en el gesto endurecido con que golpeó el espejo.
La lluvia apenas le había limpiado la sangre, pero no eran las cicatrices lo que le hacían ver tan amenazador mientras cruzaba la avenida. Era algo en el fondo de sus ojos, una voluntad que de pronto había tomado peso y forma dentro de su alma.
El chico de la ropa vieja dudó un instante. Finalmente, antes de que Horacio se diera cuenta, guardó la navaja en un bolsillo y se quedó parado sin decidirse a huir por la avenida.
- ¿Quieres mi celular?
El desconocido lo miró con recelo incapaz encontrar una respuesta segura.
- Te lo regalo. Solamente llévame a la colonia Juárez. No sé llegar.
Horacio puso el teléfono en la mano del desconocido y éste lo guardó en su bolsa.
- Sígueme.
Caminaron dos cuadras hasta una parada de autobuses. Esperaron bajo la media luz del alumbrado público. En el autobús sólo había dos mujeres y un viejo dormido.
- ¿Qué te pasó? – Horacio miró al chico con desconfianza- En el rostro, ¿qué te pasó?
- Me golpearon.
- ¿Quién te pegó? ¿Algún tipo?
Se quedó callado.
- ¿Tus padres?
- Yo no tengo padres.
Después de dos horas, Horacio logró abrir la puerta.
Caminó silenciosamente al cuarto de su hermana. Desde afuera le tomó apenas unos minutos hacer ceder la chapa.
- Quieren matar a papá.
- ¿Qué dices? Estás loco, Horacio. Por que piensas eso.
- Los escuché, Helena. Quería saber si… No importa. Fui al cuarto de mamá y escuché a través de la puerta. Van a matar a papá. Hay que avisarle. Tu celular.
- No lo tengo… me lo quitó Eduardo antes de encerrarme.
- Entonces hay que hablar de la casa.
- No hay línea. Intenté hablar de mi cuarto.
Bajaron por las escaleras hasta la estancia guardando un mutismo receloso. No había nadie. Buscaron en la sala y en la cocina. Finalmente Helena encontró el bolso de su madre y de adentro sacó su celular.
Horacio llamó apresuradamente.
El monótono pitido del sonó cuatro, cinco, seis veces y después lo mandó al buzón. Volvió a marcar. Directo al buzón.
Entonces, desde la tormenta de afuera cayó el trueno de un disparo.
Helena corrió a la ventana y se llevó las manos a la boca. Él se quedó estático, sin lograr completar una reacción. Era el rumor que le llegaba de la guerra.
- Vienen para acá. ¡Escóndete, Horacio!
- ¿Lo mata..?
- ¡Escóndete!
Helena lo empujó al cuartito bajo las escaleras y él se escondió detrás de unas cajas. Desde la oscuridad escuchó la puerta de la casa que se abría, los pasos apresurados de su madre.
- ¡Helena! ¿Qué haces aquí?
- ¿Y Horacio? – Eduardo azotó la puerta tras de sí.
- ¿Está en su habitación?
- ¿Dónde está Horacio?
- Hija, ¿dónde está tu hermano?
- ¡Responde! ¿Dónde está Horacio? ¡¿No escuchaste, niña estúpida?!
Se escuchó un golpe seco y un gemido. Helena se echó a llorar desde el suelo.
- ¡Arriba! ¡Está arriba! En su cuarto.
Los pasos sonaron por encima de Horacio. Su hermana abrió la puerta.
- Vete.
- Helena…
- Cállate y vete.
Horacio salió de la casa en silencio. Corrió por el patio hacia la puerta. Los gritos de su madre y de Eduardo llamaban su nombre con una dulzura falsa. A la mitad de la reja estaba el Mercedes de su padre. El guardia de la caseta yacía dormido sobre una silla con la panza brotando entre los botones de la camisa.
La lluvia golpeó con furia el rostro de Horacio. Se detuvo junto al carro y se asomó a través del cristal. Le hubiera gustado despedirse de su padre, pero si Eduardo lo veía lo alcanzaría con el carro.
Corrió por las calles vacías alejándose de la casa donde había crecido. Con la distancia, Horacio fue entendiendo poco a poco las reglas de esta guerra: Era una guerra silenciosa, una guerra sin rostros fijos que se extendía como un susurro bajo las velas. Ahora había llegado hasta él y comprendió que la única manera de vengar a su padre era matando a Eduardo.
Y a Clitemnestra.

3 comentarios:

  1. Diego: Te agradezco mucho tus comentarios. Por supuesto que los tomaré en cuenta y ya que tenga tiempo lo corregiré. Siempre es bueno recibir las críticas porque no es lo mismo revisarlo uno 20 veces a que un lector diferente encuentre los errorcitos que salen. Muchas Gracias!!! Atte.: Diana Tapia/Puricela Bruma

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  2. 1. Lo haré a tu estilo.
    2. Me gusta mucho el final. Es como un punch y un guiño al mismo tiempo. Súper eficaz.
    3. En algún momento dices "Helena era cada día más insportable". O eres o no eres insportable, pero se oye raro el más.
    4. Me confundí en la parte de las cicatrices ¿son viejas? por que si te refieres a los cortes que le acaba de hacer Alberto, serían heridas y no cicatrices. ¿o le pegaban desde antes?
    5. También me confudí un poco en el diálogo con el chavo de la calle. Entendí que era Horacio el que decía que no tenía padres. Esta padre que no digas el típico "Horacio dijo" y lo susutituyas por la mirada que le hecha al cuate, pero de todas maneras, creo que un referente más claro sobre quien habla sería muy apreciado.
    6. En algun momento dices "encontró el boso de su madre y de adentro sacó". Más adelante, también dices "desde la tormenta de afuera". Creo que son redundancias que estorban la narración.
    7. Esta bien padre como adecúas la trama sin que sea una alusión obvia a la tragedia. !!!

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  3. Diego,

    el cuento es muy bueno. Tiene buena atmósfera y sobre todo una tensión constante. Trasladar el mito al narco es verosímil, me gustó.

    Sólo resultan algo confusos los saltos de tiempo sin la ayuda visual de un doble espacio.

    Otro detalle que me hizo ruido fue el nombre de Helena. Si no estoy en el mito equivocado, ella es hermana de Clitemestra, no de Orestes, y éste la mata junto con su madre y Egisto. Si quieres conservar el nombre griego, Ifigenia es hermana de Oretes (no sé si mayor o menor).

    Pero esa noche, en la acera, no había droga, no había armas, no había balas. Solamente el murmullo tenue de la lluvia que comenzaba a escampar, uno que otro carro que pasaba a su lado (al lado de quién) y le salpicaba el agua de los charcos.

    - Llévatelos. Pones los somníferos, llevas la comida a los guardias y te vas al cine. Yo los alcanzo en el aeropuerto cuando todo esté hecho. (tal vez haya que mencionar a los guardias antes)

    El monótono pitido del (celular) sonó cuatro, cinco, seis veces y después lo mandó al buzón. Volvió a marcar. Directo al buzón.

    El guardia de la caseta yacía dormido sobre una silla con la panza brotando entre los botones de la camisa. (entre los gritos y la lluvia, ¿dormía?)

    ¡Saludos!

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