Era una noche con la luna oculta, una aliada inesperada que cubría con su mano oscura los edificios de la gran ciudad azteca. Faltaba una hora para que el capitán Don Hernando, diera la orden de salida hacia lo desconocido. Ninguno de los presentes en esa habitación decía palabra alguna, solo el silencio se hacía presente y se paseaba por cada rincón. Unos estaban rezando; y otros en silencio repasando tal vez sus vidas, o las órdenes que debían ejecutar sin error en unos minutos, pues sabían que de eso dependía en gran parte volver a ver el sol al día siguiente.
Por su parte, el capitán Don Hernando cavilaba sobre todo lo sucedido ese día, quería dejarlo grabado en su memoria como constancia de una importante etapa de su vida. Presentía, y con razón, que al día siguiente habría desaparecido y se iniciaría otra totalmente diferente. Se despertó muy temprano ese 30 de junio de 1520, al escuchar el cada vez más cercano el canto de los pájaros y los gallos. Por unos instantes no supo distinguir si seguía soñando con Medellín, la tierra española donde nació y pasó su juventud aventurera. Se levantó lentamente de su aposento, y observó con nostalgia desde la parte más alta del palacio donde se encontraba, la blancura de los edificios dedicados a esos dioses sanguinarios, los guerreros con sus trajes de guerra, y la gente que cruzaba la plaza llevando sus mercancías hacia el mercado de Tlaltelolco.
Pero ya eran las 10 de la noche, y había transcurrido un día más de hambre y acoso por parte de los guerreros aztecas. Desde el lugar donde Don Hernando estaba sentado, podía observar la caras serias de casi todos sus compañeros de aventura, todos hombres fieles, algunos con más cicatrices y años, otros con menos dedos y cabello, pero todos llenos de un temor e incertidumbre que no había visto en ellos desde que salieron de España. Detrás de ese aspecto frío, sabía que muy dentro había algo que unía a todos en una misma causa, y que los impulsaba a seguir adelante: la fama y el oro. De esto último ya tenían lo suficiente en sus bolsas, como para vivir sin problemas el resto de sus vidas, pues Moctezuma había sido más que generoso con ellos. Solo faltaba la fama, el reconocimiento que esperaban de los reyes de España por la proeza que habían alcanzado, y que esperaban que no se la dieran a Pánfilo de Narváez.
Ya todo ya había sido cuidadosamente planeado durante los dos días anteriores. No había margen para error alguno, y aprovechó el momento para repasar los aspectos generales con sus principales colaboradores. Llamó a Diego de Ordaz y a Pedro de Alvarado, diciéndoles:
- Hermanos y amigos, ¿están listos?
Ambos contestaron afirmativamente con un movimiento de la cabeza. Don Hernando entonces, les preguntó si tenían alguna duda sobre el plan establecido, y al recibir nuevamente una respuesta tibia, prefirió repasar los aspectos más delicados del plan, y les dijo:
- Tu Diego, irás a la vanguardia con la Caballería, doscientos peones y cuatrocientos tlaxcaltecas para cargar los puentes portátiles. Recuerda que deben cubrir con trapo las pezuñas de los caballos para que no hagan ruido al caminar, y que deben adelantarse para colocar los puentes en donde los destruyeron los indios, ¿está claro?
- Completamente, contestó Diego
- Yo iré después señaló Don Hernando, con los ochenta tamemes y las mulas con la carga de oro y joyas, los rehenes y las mujeres, y la artillería para proteger todo, ¿de acuerdo?
- Asintieron Diego y Pedro
- Finalmente tú Pedro, irás cubriéndonos la retaguardia, llevarás la otra parte de la caballería, y el resto de los soldados. Recuerda también cubrir las pezuñas de los caballos, si somos descubiertos, solo Dios sabe como saldremos, tu tarea no es sencilla.
- Lo entiendo señor, comentó Pedro
Habían estado preparando cuidadosamente el plan para escapar del cerco en donde los tenían los indios aztecas. Sabían que estaban solos a su suerte por la trágica muerte de Moctezuma, y pretendían aprovechar la oportunidad que les daba el que por sus ideas, los guerreros aztecas no acostumbraban pelear durante la noche. El plan se había establecido con la discreción necesaria, y ahora solo faltaba ponerlo en práctica.
A las 11 de la noche y después de recibir la bendición frente a la cruz de madera que llevaban, Don Hernando dio la orden de iniciar la salida. Se abrieron con cautela las puertas del Palacio de Axayácatl, y con las pequeñas antorchas que llevaban Diego y sus soldados, no alcanzaban a ver guerrero alguno, solo se escuchaban a la lejanía, los ladridos de algunos perros. Nada que representara un peligro para su plan, por lo que sin hacer ruido salió Diego con sus 20 jinetes, y los primeros contingentes de tlaxcaltecas cargando el puente portátil. Todo se iniciaba conforme a los planes, pudieron colocar sin contratiempo el puente en la primera cortadura del camino. Pasaron por él los primeros contingentes; sin embargo, cuando casi habían pasado todos los tamemes con la carga del oro, una anciana azteca los descubrió al salir de una choza para llenar su cántaro de agua. Los gritos de la anciana pusieron en alerta a los guerreros, y comenzaron a tocar el tambor que se encontraba en la parte alta del templo a Huitzilopochtli. La reacción de los indios no se hizo esperar, y salieron canoas con arqueros por los canales, y guerreros por todos los caminos. La situación se transformó inmediatamente, ahora había un ruido ensordecedor por todas partes, donde se fundían los gritos de los guerreros aztecas, las órdenes de los soldados, los gritos de los indios tlaxcaltecas que todavía estaban saliendo del Palacio, los caballos y los perros. El cielo se había transformado por las luminarias encendidas en los templos de los dioses aztecas, destacando las del Templo Mayor, y las antorchas de los guerreros. Se sentía en el ambiente la desesperación para salvar la vida y el impulso para seguir hacia delante. Destacaba por momentos la voz desesperada de Pedro dirigiéndose a sus soldados:
- ¡Avancen¡, Avancen¡, ¡No se detengan¡
Sus órdenes tenían poca reacción, porque los indios tlaxcaltecas se dedicaban a defenderse de la mejor forma, y porque la vanguardia de Diego había encontrado otro corte y no tenían más puentes portátiles. Entonces, el pánico y la avaricia hicieron su parte, la gente desesperada y sin pensarlo, se lanzaba al agua con la esperanza de encontrar alguna salida, sin darse cuenta que el peso que llevaban consigo, les impedía salir a flote, y así con su muerte, ayudaron a pasar a los que venían detrás. En poco tiempo, la sangre india y española se confundió con el agua del lago que los había alimentado anteriormente. La situación no podía ser peor, los cuerpos inertes quedaban tirados en el camino, los cuales hacían casi imposible el paso de los cañones, ocasionaban la caída de los caballos, y quienes iban a pie tropezaban constantemente. Se defendían como y con lo que podían, porque de todos lados salían más guerreros que los atacaban con todo. Los gritos de guerra se confundían con los lamentos y gritos de todo tipo que emitían todos al mismo tiempo. Las horas de angustia seguían sin dar señal de esperanza alguna, solo el sentido de supervivencia los mantenía avanzando lentamente. Don Hernando se mantenía en la lucha tratando de infundir algo de valor a sus compañeros.
La fortuna siempre caprichosa se mostró entonces de dos formas: la primera cuando Diego y su gente llegaron al tercer corte y se dio cuenta al tirarse al agua, que allí el nivel de profundidad del lago les permitía caminar y continuar su camino, por lo que ya no era tan necesario el puente. La otra, porque nunca supieron la razón, pero los guerreros aztecas dejaron de atacarlos a partir de ese punto, un misterio afortunado para ellos.
Una vez que salieron de ese infierno, pudieron juntarse y hacer un recuento general de los daños que habían sufrido: habían perdido la tercera parte del oro y joyas, 1000 soldados españoles y más de 3000 indios tlaxcaltecas. Después de todo, había salvado la vida la mayoría.
Don Hernando se sentó a la orilla del camino hacia el pueblo de Tacuba, junto a un árbol muy grande y fuerte. Cerró los ojos y recordó la imagen con que se despertó ese día, los gallos y los pájaros, su amada Medellín. Después de unos minutos, entendió que había perdido la fama y gran parte de la fortuna, y …lloró
martes, 17 de marzo de 2009
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