martes, 17 de marzo de 2009

Cuento de tema libre, pero animalesco.

Plecostomus
Estudio de caso
por Diana Gutiérrez

Tigris ya sólo dormía los sábados en la mañana.
El día que mi hermano Aníbal lo trajo por primera vez a la casa en una bolsa pequeña, el pez se movía con lentitud de un extremo a otro como si en lugar de agua, el plástico contuviera gel. Aunque la nueva mascota era del tamaño y del color de una nuez, temí que el motivo de tal locomoción fuera su peso. Las elucubraciones sobre el letargo de Tigris se interrumpieron cuando Aníbal nos lo presentó como: “Plecostomus, el único y legítimo pez gato limpiavidrios”, y yo, en un acto casi reflejo, añadí: “el único y legítimo pez gato con entrañas de tigre”. Mi comentario no surtió ningún efecto, pues Aníbal contaba, casi a gritos, que lo había comprado en el mercado cercano al deportivo, que era el único de su especie en todo el lugar, que había sido una ganga.
Mi madre, quien era alérgica a los animales acuáticos, mecía la bolsa con suavidad como el mayor gesto de empatía hacia el recién llegado. Su esposo miraba a Tigris en el vaivén cariñoso y sorbía un refresco de naranja sin gas cuando el ánimo entumecido del pez le sugirió que “a todas luces”, dijo con el tono de un médico que ha hecho el diagnóstico, “a todas luces, este pececito no serviría para explicar el viejo dicho ese de ‘estar como pez en el agua’”. Las risas se reflejaron contenidas en las paredes: como si hubiéramos sabido que no debíamos bromear con la condición del nuevo huésped. Entonces Tigris se quedó quieto en un extremo; tenía los ojos cerrados y su cuerpo flotaba con ligereza. Tomé la bolsa con un esfuerzo exagerado para sostenerla, pero el vigor fue innecesario porque no pesaba casi nada.
Con los días, Aníbal descubrió que la conducta soñolienta del pez era el anuncio de su siesta diaria que era, casi siempre, entre las ocho y las nueve de la mañana. Tras el reposo, Tigris despertaba con bríos renovados.
Cuando lo miraban a través de la pecera, se adhería con la boca a los cristales y si alguien se atrevía, por curiosidad o por malicia, a golpetearlos, se quedaba inmóvil, succionando, como si quisiera absorber los dedos provocadores. Si sentía hambre, sólo debía arrojarse con fuerza hacia la superficie y atrapar las hojuelas trituradas que Aníbal esparcía en el agua a cualquier hora. Tigris no obedecía a los horarios para comer y cuando menos lo esperábamos, en una reunión familiar o en días de vacaciones, comenzaban a escucharse sus aleteos sobre el líquido que salía disparado, mojando la alfombra y hasta la colcha de la cama de Aníbal. Entonces alguno de nosotros debía ir a saciar su apetito con las tabletas de pasta de soya, harina de carne y aceite de pescado estabilizado, porque las hojuelas eran insuficientes para calmar su avidez que se manifestaba con el crecimiento momentáneo de sus bigotes gruesos y negros.
Durante años la mirada de Tigris me inquietó, pero acudí sin falta a nuestras citas que, a fuerza de darle de comer o prender el filtro del acuario, teníamos a diario. Tuve que inventar un juego que lo condicionó a cerrar sus ojos amarillentos cada vez que lo alimentaba y funcionó. Yo hacía círculos en el agua con el dedo y él imitaba el movimiento con su cuerpo; al cuarto dibujo líquido, Tigris ya nadaba ciego y se sacudía con brinquitos apenas perceptibles si en su danza lo rozaba un trozo de comida. Con el tiempo, el juego dejó de ser efectivo porque Tigris se puso gordo y sus capacidades motoras dejaron de responder con la misma agilidad de antaño. Así que, en lugar de círculos en el agua, opté por hacer líneas paralelas; en una, iba y en la otra, venía.
Por lo demás, me resultaba una mascota divertida y dócil: al acariciarla, sus escamas moteadas –de ahí que Aníbal lo llamara Tigris- relucían y se erizaban. No sé, pero creo que hasta un día le noté una sonrisa mientras Aníbal hacía la limpieza mensual de su acuático hogar en el que habitaban también una pareja de algas entrelazadas y una roca granítica en la que Tigris solía esconderse.
Pero un sábado por la mañana, cuando según su nueva rutina, debía estar tomando la siesta, un aleteo violento me despertó; por el ruido pesado, parecía que Tigris se aventaba contra las paredes del contenedor, y un chillido ahogado seguía al golpe. Aníbal había salido a hacer ejercicio.
Llevaba dos meses entrenando en el deportivo para participar en la carrera de diez kilómetros a trote, pero este era el primer sábado que no vigilaba el sueño de Tigris, porque había salido más temprano de la casa para llegar a tiempo a la cita unas horas más tarde con la chica que había conocido en la universidad. En realidad, no era que Aníbal se pasara horas mirando a un animal dormido, pero mientras aseaba su cuarto se daba el tiempo para sentarse en una pequeña silla y observar la quietud de Tigris, ese sosiego que lo trasladaba a aquellos días en los que aún reíamos juntos, en familia, con mi madre, con su esposo.
Al abrir la puerta del cuarto de Aníbal, vi a un pez más grande que Tigris. Me acerqué a la pecera y los ojos ámbar del animal me resultaron inconfundibles, era Tigris pero su cuerpo había adquirido proporciones gigantescas y de su hocico salía un sonido agudo muy parecido al de un ratón. Cuando parecía que iba a saltar fuera del recipiente, pues se quedó suspendido a la mitad con los ojos hacia el techo, cerré la puerta.
Aníbal llegó unos minutos más tarde y aunque no dudó en acusarme de inventar historias en contra de Tigris, lo convencí de que sería más seguro quedarnos afuera, oyendo sus quejidos que, para entonces, parecían los emitidos por un animal de otros tiempos.






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