ENSAYO DEL ENSAYO DE GARDNER
Por Diana Tapia
La diferencia entre una persona que escribe y un escritor es la forma en la que cuenta las historias.
Gardner, a través de su ensayo Para Ser Novelista, nos abre las puertas a un mundo que no es del todo desconocido sino que cuando se es principiante, no es fácil afrontar. Ser escritor es un reto pero sobre todo una responsabilidad con aquellos a quienes queremos contar una historia y con nosotros mismos de escuchar a nuestro corazón y dejarnos llevar para poder expresar todo aquello que deseamos. No sabemos qué es, tal vez, pero estamos seguros de que queremos decir algo que atraviese fronteras y sea acariciado por más de un par de ojos y recordado para la eternidad. No es fácil. Un escritor joven (y no me refiero a la edad sino al periodo de incubación) debe enfrentarse a una serie de requerimientos para llegar por lo menos a ser una persona que se expresa bien por medio de la palabra escrita. La grandeza de un escritor la generan la experiencia, la disciplina, la virtud y el talento; y considerando que dos de ellos son dones innatos, nos crea la conciencia de que no es una lista de cosas que se encuentran a la vuelta de la esquina.
El texto por completo es como presenciar una clase de narrativa con el Maestro Gardner (como le hubiéramos llamado). Sentarse frente a él y preguntarle todas aquellas cosas que todavía no nos hemos atrevido a preguntar como: ¿Tengo lo que hace falta para ser escritor? Y toparnos con la respuesta que menos queríamos escuchar: un “no lo sé”. Y es que la verdad, el que una persona haya recorrido por sí misma el camino hacia la cúspide de la literatura no quiere decir que siempre tendremos ahí a un maestro o tutor que nos diga si estamos haciéndolo bien o mal. De eso se encargan los lectores. Lo primero que un escritor novato debe reconocer y afrontar es que siempre se está solo. Desde el principio hasta el final, depende de uno mismo hacerse el mejor o quedarse en el camino. La constancia es un bastón que nos ayudará a llegar hasta la cima y la decisión, será la brújula. No es fácil encontrarse de primera instancia queriendo ser escritor, pensando en que uno va a vender miles de Best Sellers y tendrá lujos y reconocimiento mundial. Todo aquél que llega a pensar eso, está equivocado. El mundo de la literatura es aún más profundo y desafiante, empezando por la historia que queremos contar.
Una persona que quiere ser escritor debe desarrollar su capacidad de observación: ¿es hombre, mujer, niño, anciano, feliz, estresado, con sentido del humor, profesionista…? ¿le gusta lo que hace?; ¿es soltero, casado?; ¿le gusta la compañía?; y así, de ver a la gente pasar por ahí, se va creando una historia y otras alrededor de esa misma. Todos tenemos nuestra historia; casi nadie tiene la oportunidad de contarla y hacérsela saber al mundo entero. Sólo un escritor tiene la posibilidad de darle vida a una persona que no existe y cambiársela a otras y tomar los hilos del títere para hacer del mundo lo que se antoje. De ahí que el escritor deba ser una persona que sabe escoger lo importante. De nada sirve contar la historia de una madre que cría sola a sus hijos si no se especifica que esta mujer estuvo atada a una silla de ruedas toda la vida. Las cosas importantes son las que le darán carácter y fuerza a nuestra narración. Un cuento, una novela, incluso un ensayo, necesitan resaltar lo que para la gente en general será importante. No basta que el escritor decida lo que será importante o no, sino lo que para los demás es importante. Hay que tener múltiples personalidades. Pensar como uno y luego como otro. Considerar que para algunos probablemente el que ella esté en una silla de ruedas no sea importante y agregar más y más elementos para lograr abarcar un campo que resulte lo más general posible sin salirse del punto principal.
¿Para qué un escritor tendría que tener un carácter compulsivo? Para reflejar al mundo (bueno, a los lectores) las pasiones de sus historias y hacerlas sentir en carne propia. No olvidemos que de lo que más se escribe en la literatura es de las pasiones del ser humano. El hombre es tan susceptible a todo que ha sido el tema principal de la narrativa desde que se inventó la escritura. De nada sirve que se nos describa el odio, por ejemplo, si se nos está narrando de la forma más razonable posible. Un escritor debe volverse parte de su obra. Como un actor detrás de bambalinas que se sabe toda la obra y sabe las emociones que genera cada personaje porque él es cada uno de ellos y los interpreta a todos, el escritor debe sentir todas esas emociones y dejarse llevar, sin olvidar su objetivo. Por eso es indispensable la inteligencia.
Y no precisamente es necesario hacerle una serie de exámenes de IQ a todo aquél que quiera ser escritor, sino que debe ser lo suficientemente inteligente para discernir todo aquello que resulta necesario para que su relato contenga la calidad suficiente para llamársele obra literaria. Y como parte de la inteligencia es darse cuenta de que se necesita ser culto, entonces el escritor se enfrenta a que durante toda la vida tendrá que estudiar con el sólo propósito de que la historia escrita alcance la verosimilitud requerida.
A pesar de todos los elementos mencionados anteriormente, la mayoría de las veces el escritor debe enfrentarse a que el fracaso y las esperanzas frustradas son comunes a todos nosotros y puede ser que muchas veces, antes de llegar al éxito, éste falle. Y no es porque no sea un buen escritor, pues ya está en camino. La experiencia tiene mucho que decir ante este recorrido. Gardner “sabe por experiencia” que el trayecto no es fácil. Que hay que prepararse y asirse de muchos medios para lograrlo. Incluso de los que parezcan nimios. La ortografía, la redacción, la gramática, el conocimiento de la propia lengua, las estructuras, los modismos; son cosas que un escritor serio no puede pasar por alto. Pero lo más magnífico es que en el camino de la práctica está el aprendizaje y con esto, la cercanía al “éxito” (que va entrecomillado porque no es una regla matemática donde dos más dos es igual a cuatro).
Lo importante del autor para su vida personal es que desde el principio debe considerar establecerse una meta y es cuando se encuentra frente a dos vertientes: existen libros que se escriben para entretener y libros que se escriben para nutrir de diferentes formas a quienes los leen. No importa en realidad qué sea lo que se escoja hacer. Existen muchos escritores comerciales que son muy reconocidos y admirados y otros que escriben grandes obras y son conocidos por unos cuantos. La finalidad es la misma: contarle algo a alguien. Sin embargo, un verdadero escritor nunca pensará en la literatura como un medio para enriquecerse económicamente. Podrá comenzar con libros comerciales tal vez para hacerse conocido, pero siempre tendrá la obligación consigo de lograr algo más grande. Un verdadero escritor sabe que por cada gota de tinta que invierte, él tiene la facultad de crear mundos, personajes, vidas, seres, caminos, guerras, tesoros… es un hacedor de sueños que pueden soñarse una y otra vez. Lo único que hay que hacer es volver a abrir el libro.
PROFESOR: MIGUEL ÁNGEL CRUZ TUVO PROBLEMAS CON EL BLOG, ASÍ QUE PUBLICO SU TRABAJO EN SEGUIDA:
PARA SER NOVELISTA
John Gardner
Miguel Angel Cruz Sánchez
Mat. 2015
¿Qué es un escritor? ¿Me lo podría preguntar en estos momentos cuando ya han transcurrido ocho meses desde que inicié la aventura? Tal vez sea la pregunta más recurrente que me haya planteado en mi pasado inmediato. Sin embargo, sentía no haber encontrado una definición que me dejara totalmente satisfecho por más adjetivos que utilizara.
Encontrarme frente a un texto verdaderamente revelador, para mí, ha sido cómo un hallazgo afortunado. Primero, porque respondió totalmente a mi pregunta inicial. Y en segundo lugar, me amplió el horizonte.
Definir al escritor a partir de la actividad que desempeña, no sería sino una simple tautología. En PARA SER NOVELISTA, Gardner nos lo sugiere con absoluta precisión con cuatro rasgos característicos y que determinan su naturaleza: La sensibilidad verbal, la perspicacia, la inteligencia narrativa y el carácter compulsivo.
Por otro lado, el ser humano que ha decidido incursionar en el arte literario se encuentra sujeto a diversas presiones tanto intrínsecas cómo aquellas que el medio le impone. ¿A qué responder? Si bien es cierto que no se puede considerar que todos los aspirantes respondan a las mismas motivaciones, todas válidas, tienen en común el interés de querer hacer bien las obras en las que se invierte mucho esfuerzo relativizando aquellas presiones La esposa, el hijo, la madre, etc. le demandarán su atención. Con el tiempo, si salva estos escollos, ve transformarse las relaciones con su entorno. Quizá se vuelva un ser solitario. El y su inspiración.
La inspiración, tan ansiada, supone ser un estado alterado de la conciencia en el que las imágenes se manifiestan vívidas en un continuo ir y venir. Ese momento es el centro de la atención, y debe responderse a ella.
En la vida cotidiana, nuestra atención se orienta hacia la ejecución de las tareas que nos impone el medio y nuestras responsabilidades, de tal manera que los tiempos de inspiración son tan breves que ni cuenta nos damos de ella. Con esto, sugiero que la inspiración es parte misma de la condición humana. Todos y cada uno de nosotros contenemos como elemento funcional a la inspiración; y tal vez la diferencia sea: que unos tienen mayor facultad para captar sus señales y construir con ellas. Si el ser humano se empeñara en no soñar, en no imaginar, en no crear; el cerebro -la mente- con seguridad lo haría por él. El órgano está diseñado para esas funciones, y prueba de ello: Si aisláramos a un sujeto de toda posibilidad sensorial y de todo referente espacio temporal. Como respuesta, se tendría una serie de imágenes y sensaciones que la conciencia no podría explicar. ¿Acaso no nos sucede lo mismo cuando estamos dormidos? Sí, es lo mismo. Es la supresión del estado racional. Finalmente, sería la voluntad del artista que al captar esas señales decida construir con argumentos racionales una historia, un personaje, etc. Esto es, darle forma al sueño vívido y continuo. Asi, Gardner argumenta: ...El sueño en que se halla es tan vivo e ineludible como los que se tienen al dormir. (La negrilla es mía)
Hay dos elementos que debo destacar y que conforman parte de la génesis de la inspiración. Por un lado está lo que la escuela rusa de mediados del siglo anterior denominó el reflejo orientador, y por el otro lo que he llamado el cerebro -mente- vigilante.
El reflejo orientador se constituye y transmite genéticamente, es la respuesta automática ante algo que llama la atención. Ese algo, al inicio, puede ser una luz, un sonido, un contacto, etc. Hay movilización del sujeto, esto es: una respuesta meramente motora. Con el desarrollo, en un ambiente enriquecido, estas relaciones entre los estímulos y respuestas se van haciendo cada vez más complejas, además de ubicarse en un plano más profundo. Cuantas veces, sin proponernos, volvemos la mirada hacia alguien o algo -estímulo- que nos evoca -respuesta- un recuerdo. En esto, no hay la intención de mirar hacia dicho estímulo, y sin embargo lo hacemos. Nadie va por la calle pretendiendo encontrarse en tal situación.
¿Por qué después del despliegue del reflejo orientador se desencadena toda una movilización intelectual y afectiva que nos da la pauta para plasmarla en una hoja en blanco? Ese momento, o como lo expresa Gardner: ...un punto crítico psicológico, un latido de vida en un erial, un sapo verdadero en un país imaginario; se convierte en el punto de partida para la creación. La respuesta, creo, la encontramos en la permanente actividad mental, aun si no lo quisiéramos.
El cerebro vigilante, el órgano atento que siempre responde a las necesidades afectivas e intelectuales, nos muestra los elementos procesados a partir de la materia prima obtenida a través del reflejo orientador.
Lo anterior es un proceso permanente al cual le prestamos mayor o menor atención según nuestras motivaciones. Un buen amigo del curso me relató cómo construyó el cuento -motivo intelectual- que la maestra nos había dejado de tarea. Al viajar en un microbus, escuchó -reflejo orientador- confusamente un supuesto diálogo entre dos pasajeros. No necesitó más información para construir -cerebro vigilante- su historia. Pero no le fue suficiente elaborar únicamente la descripción de los hechos, quiso -motivo afectivo- darles vida, sentimientos, etc.
Con Gardner encuentro la reflexión pertinente a la anterior argumentación: ...Estos insólitos momentos, emocionantes unas veces, otras simplemente desusados, que dan lugar a un estado alterado, a la sensación efímera de haber salido del tiempo y el espacio ordinarios (...), constituyen el alma del arte, son la razón de que haya quién se entregue a él.
Ahora bien, si tenemos las funciones intactas; esto es, que nuestras taras mentales no limiten el despliegue de la creatividad, es factible ejercitar el proceso, mantener esa mente vigilante en continuo acecho, en la permanente búsqueda del universo y descubrirlo día tras día. Dice Gardner ...Hay escritores que, con práctica, llegan a ser capaces de sumirse a voluntad en el estado creativo. ¡Qué esperanzador y motivante! Así lo creo yo.
Pero no sólo es posible manipular el proceso, sino ademas acelerarlo. Cada uno tiene que desarrollar las estrategias que lo lleven hacer más eficiente el trabajo. Cada quien debe escoger por cual camino se siente más cómodo para transitar en él: ...cada escritor tiene que averiguar por sí mismo, si puede, cómo trabaja mejor.
Entiendo las dificultades que se plantean al momento de sentarnos a escribir. No es fácil mantener el ritmo de trabajo. Suele suceder, en mi experiencia personal, que después de desarrollar unas cuantas líneas, pronto se nos acaban las ideas. Y mientras más y más nos esforzamos por continuar, menos las encontramos. El peligro se asoma inmediatamente, a menos que no nos demos cuenta, y el riesgo es mayor: iniciar con una gran idea y terminar haciendo pura bazofia. El temor es justificado, más aun, no debiera ser motivo parálisis.
Nuestro autor en cuestión, consciente de estos escollos nos sugiere: ..... abandonar provisionalmente el trabajo, y retomarlo después. Sin embargo, el fracaso es persistente en el acecho. Es un hábil cazador que pacientemente espera a que su presa dé unos traspiés para lanzarse sobre ella. Pero ¡Qué importa! Tres opciones nos da Gardner: volver a empezar, intentarlo con otra obra o renunciar.
Las tres opciones contienen o más bien implican una gran carga en su esfuerzo. Volver a empezar nos coloca en un punto cero, tal vez con la sensación del tiempo perdido. Aquí es justamente donde se “cala” el temple de aquel que aspira en serio al arte. Entendemos, pues, que el fracaso es necesario para la evolución, es una forma de buscar la perfección.
Intentarlo con otra obra sólo se justifica si nos hemos dado cuenta que esta es banal o mediocre, de otra manera, es jugarse a traición uno mismo. Hay vicios, y estos tienen una trayectoria. Se inicia tímidamente y después se vuelven hábitos. Rompamos con la inercia de los vicios.
Si la renuncia es la decisión tomada, no hay nada que hacer. Reconoceremos entonces que se ha perdido el tiempo en forma vana y que hubo una equivocación al tratar de incursionar en estas formas de expresión. En fin, cada quien su vida.
En conclusión, una interpretación serena nos aconseja: tomar con cautela las observaciones y recomendaciones del autor. Y, evitemos aprehenderlo como si fueran recetas de cocina. Indudablemente que el libro PARA SER NOVELISTA puede ser, y lo es indudablemente, de gran utilidad, pero... ¡cuidado!
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