martes, 3 de marzo de 2009

Ensayo: "Para ser novelista"

Dentro de los parámetros establecidos por Gardner, la perspectiva del escritor no es tan desconsoladora. Ciertamente, especular acerca de las probabilidades de un incipiente rebate toda sensatez. Pero la adecuada productividad, sea ésta proveniente de un cúmulo de enseñanzas o por natural persistencia, permite esperar encontrar un camino en el futuro.
En este aspecto, sabemos somos tejedores. Hilvanamos historias y atrapamos en sus redes. Qué mejor que poseer estructura sólida, sea de araña, sea de gusano de seda. La perspicacia del insecto está en hacer invisibles sus trampas (al menos a simple vista) y es igual el argumento en el que se desenvuelve una historia. Habrá que dejar oculto lo que así debe permanecer. Quer el lector sea envuelto lentamente en la intención del escritor.
Considero que estos puntos son expuestos con precisión por Gardner. Para la constitución perfecta, germinación de una historia por crecer y dar frutos, se requiere de base cierta. Elementos que procuren cierta disciplina básica, no por teórica, menos práctica. Y es así, que ante una hoja en blanco, las ideas se despliegan con exactitud. Véase en este caso la manera en que el lenguaje (citado como un primer elemento necesario) puede conducirnos a la imperfección de una historia. Sea que la ornamentación excesiva ciega a la vista. No se puede mirar al sol de manera directa. Por eso la meticulosidad en el lenguaje puede desviarnos de un cometido literario. Ser mera distracción de otros elementos bases fallidos. Perder congruencia en la labor de narrador es cosa fácil.
Así, el narrador debe permitirse desentrañar lo oculto de las palabras y adecuarlas, armónicamente y sin presuntuosidad, a su cometido. De esta manera, y en vista de un punto destacado por Gardner, el argumento y la historia fluyen, en corriente perfecta, y permiten al lector navegar sus aguas de manera melodiosa. Perder el sentido de esto, es hacer oleaje y arremeter contra nuestro náufrago. Perderlo definitivamente. Si es el caso, sabemos será imposible recuperarlo.
Por tanto el ingenio, la obstinación y demás aspectos que componen una inteligencia del escritor, serán en su caso, el cúmulo de virtudes que pueda desplegar dentro de un mundo que al crearse, deja de pertenecerle. Es así que una historia cobra vida propia. Abandona a su autor y lo relega al olvido. Es, al final, la historia la que hace al autor. En este caso, debemos obrar como dioses perfectos. Bastante castigo será el parricidio que cometan nuestros textos. Siendo así, condenados a este abandono, que damos lo mejor de nuestra mente. Si la sensibilidad verbal lo permite, dirigiremos salones de orquestas encerrados en páginas blancas. Y no sólo en el sentido de un ritmo, sino de una concatenación de ideas, sea esta la perspicacia que refiere el autor. Inclúyase en ésta, términos tan ambiguos como realismo, precisión, criterio selectivo, sea como sea, desarrollar una trama de manera convincente es dádiva para un lector necesitado (como lo somos todos) y que requiere un camino trazado con precisión. Cada personaje, y nosotros en ellos, será compañero de un viaje que puede durar de manera indefinida.
Hay que echar mano de todo recurso, sea interno y externo, que permita perfeccionar el camino de una historia. De mismo modo deben evitar los vicios (o emplearlos de manera módica si estos proveen cierta utilidad) recurrentes en el carácter del escrito. A mencionar: Gardner habla de la televisión. Ciertamente, en perspectiva de una sociedad regida por la imagen, ¿cuánto no estaremos ya viciados por unas ideas teledirigidas? Y aún así, se puede torcer la creatividad, manipularla al antojo. Qué más se puede desear como escritor, si el mundo, aquél encerrado en las paredes de la mente, es completamente nuestro. Seamos o no artistas natos, en convicciones naturales está el poseer lo que se nos entrega. Y así, con una dádiva nada deleznable, deformamos nuestras ideas a placer y hacemos con ellas lo que nos venga en gana. Creamos historias. El punto es cómo expresarlas de manera correcta. ¿Cómo contagiar a alguien la sensación que sólo a nosotros nos incumbe? Aquí entran las herramientas que alude Gardner. Pero, una vez planteados los problemas estilísticos y narrativos (tantos, como podamos “aprender” a hacer) debemos también utilizarlos como punto de partida. Bien planteada la cuestión de los talleres literarios y, en este caso, la construcción de un texto puede ser gradual. Gesta en el vientre y requiere de un proceso lento y entregado, parte de este será una enseñanza en méritos (publicados o no). El error nos da cimientes, a partir de ahí edificamos y alcanzamos cúspides jamás soñadas, todo sea parte del proceso creativo.
Por tanto cabe esperar que la enseñanza (que no deja ser mero entrenamiento de lo ya poseído) articule lo que permanece dormido. Sea como el titiritero que con cuerdas adecuadas, en proporciones correctas, hace de su criatura un ser vivo. Sea así, que el escritor, jale las cuerdas indispensables que hagan de sus personajes seres reales dentro de su contexto. Pero todo esto dista de una formación universitaria. Gardner hace alusión a talleres, formación teórica y crítica, cierto, todo es útil, pero la esencia del escritor yace en otra parte. Como bien menciona el autor, puede haber escritores sin formación capaces de contar historias, algo natural habrá en esto, pero la preparación es ineludible. La virtud, en todo lo que da significado a al intención narrativa, es repetición del bien adquirido. Lejos de meras casualidades, la armonía perfecta se adquiere sólo a través de un oído dispuesto percibirlo todo. Entonces que los sentidos se agudicen, que los pulmones se expandan en aspiración de todo lo que nos permite crecer en nuestras facultades literarias. El hecho es que somos perfectibles, no hay cómo ser modesto en este punto, y si esa aspiración nos permite crear mejor nuestros planteamientos, hagamos uso de ella.
Por tanto, vemos como elemental la formación del escritor, aunque los factores varían en cada caso. Ciertamente, el prestigio puede velar la realidad, cuántos casos habremos escuchado. Pero lejos de esperar un prestigio injustificado, debemos aspirar a una formación de nuestra categoría, sea que el nivel siempre es relativo. Valdrá entonces hacer uso de otras herramientas, si al final, el prestigio puede ayudarnos, se debe buscar la forma de crear uno con la misma meticulosidad con que se crea una historia. Y para eso no cabrán falsedades, aquí la historia cobra tintes realistas, sea por encontrar un sentido a nuestras creaciones literarias. Nuestra formación, dentro de cualquier ámbito institucional, es parte de la devoción al arte que se pretende profesar. Rechazar todo (excepto nuestras creaciones) es señal de que no somos más de lo que hacemos. Un mero accidente sin finalidad alguna en el campo de la creatividad. Y aquí podemos entrar en el aspecto de la necesidad del escrito y el encontrarse aparejado a otras necesidades más “banales”. En cierto sentido, cada hombre es presa de sus propias pasiones, consumido por el deseo de aniquilarse a sí mismo (plácida o dolorosamente) y romper con cualquier clase de frustración. En este aspecto, vale echar mano de cualquier recurso que permita el éxito, no importa que este no nos pertenezca. Pero lejos de cultivar nuestro arte, somos vehículos de alguna creación lejana a nuestra pertenencia. Accidente, jamás finalidad en el universo. Y así, relegados a una extinción inevitable, el espíritu perece. Por otro lado, aquél tipo de crecimiento gradual y adecuado, engrandece nuestra complacencia interna. Llegamos a visitar lugares sólo soñados e izamos bandera en esos sueños. Los llamamos nuestros pues al fin, esa es nuestra conquista. Que los demás sueñen dormidos, si no existe impedimento, yo lo haré despierto.

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