martes, 3 de marzo de 2009

Sobre Para ser novelista, de John Gardner

En clase

por Diana Gutiérrez

Me hubiera gustado asistir a alguno de los talleres de John Gardner. Verlo llegar al salón, siempre puntual, con su camisa beige arremangada hasta los codos, el pantalón del mismo tono un poco ajustado y el cabello lacio y blanco echado hacia la izquierda. Escuchar su voz grave al comentar los textos de los compañeros, entre los que, si hubiera tenido mayor suerte, se encontraría quizás el cuentista de la desolación clasemediera estadounidense Raymond Carver y otros menos agraciados. Me hubiera gustado preguntarle mis dudas y platicarle a la salida de la clase sobre la tristeza del que escribe, escribe y escribe, pero jamás queda satisfecho (no del acto per se, sino del resultado de éste). Acudir con el ánimo relajado a alguna de sus conferencias o, por lo menos, a la presentación de alguno de sus libros. Es probable que, de charla en charla, las interrogantes se hicieran cada vez más agudas, pero la motivación, a través de sus palabras, incrementaría.
Gardner era generoso y para muestra de ello basten sus libros Para ser novelista (1983) y El arte de la ficción (1984), en los que, para algunos, devela, para otros, reafirma y para mí ambos casos, que la literatura es la más hermosa y singular de las disciplinas artísticas aún por encima de la música y la pintura. En ella, el escritor debe hacerse de las herramientas que le permitan, como todo un prestidigitador, extraer de su chistera un paisaje vívido habitado por personajes que han surgido de la no existencia. Pero también debe estar listo para la intercesión de ese otro yo que algunos han llamado “el pacto con demon”, la musa, la inspiración o la inmersión en el acto creativo. Sin embargo, creo que Gardner olvidó advertir sobre la envidia que existe entre la comunidad literaria y el hermetismo de sus miembros. Nadie o casi nadie comparte sus secretos para convertirse en un mejor escritor, (si se puede ser un mejor escritor a la manera de una mejor persona, un mejor padre, una mejor hermana). Él lo hizo sin mesura, a flor de piel, a corazón abierto casi. Si hay algo que elogio de sus textos es la franqueza y sensatez de una exposición que no por “leerse rápido” carece de profundidad y respeto hacia el lector.
No he leído ninguna novela suya y, sin embargo, no me hace falta conocer siquiera su biografía para afirma que fue un escritor comprometido con la literatura y que como, ya muy pocos, ejerció un amor sincerísimo hacia ella, atrayendo al camino de la escritura a los talentosos y ahuyentando a los confundidos.
En mi experiencia lectora, es la primera vez que me enfrento con un texto que aborde con tal transparencia y desparpajo la fina trama de lo literario. El autor se atreve a exhibir lo que quizás ya muchos habíamos pensado pero que en el mundillo de las letras suele callarse para evitar ser un creador demasiado raro.
Como si se trataran de rasgos fenotípicos, Gardner enlista las facultades e indicadores de carácter que distinguen al escritor de los demás seres humanos: sensibilidad verbal, perspicacia, empatía con sus personajes, inteligencia única, etc. Me quedo con lo esencial: el talento.
El escritor, entonces, tiene talento y ya. No deberá sorprenderse si, antes de enfocar sus esfuerzos a la literatura, ha desempeñado bien otros trabajos; si se ha convertido en un empresario prestigioso, en un profesor de inglés adorable o en un carpintero original y carismático. Sus capacidades intelectuales son superiores a las del resto de los hombres y mujeres que deambulan y trabajan diariamente en asuntos que no les interesan. El escritor es necio porque podría hacer su vida más sencilla si trabajara como jardinero, pero hay un latido violáceo en su corazón que lo conduce irremediablemente a la hoja o a la pantalla para enredarse la existencia y, a la vez, darle un sentido a su devenir.
Así que, a partir de la lectura de Gardner, puedo desmentir a aquellos literatos que suelen contestar a los reporteros cuando los entrevistan sobre su propensión a la escritura con una respuesta parecida al “escribo porque no sé hacer otra cosa”, “escribo porque es lo que mejor me sale”. Mentira. Al artista le quedaría bellísima, incluso, la sutura de una herida o el discurso de un candidato a la diputación local. Tienen la habilidad para desarrollar cualquier oficio o, al menos, para aprenderlo. Lo que aspira es inasible y su salario un fajo de espiritualidad.
Pero el escritor es un “cronófago”, necesita tiempo para sentirse feliz porque ha dedicado, por lo menos, la mayor parte del día a su labor de construir personajes deseosos; los empleos ordinarios le quitan el tiempo, lo aniquilan, lo regresan a casa sin ganas y sin ideas. Dice Gardner que el mejor oficio para el literato es aquel que no lo agobie, ya que, eso sí, tendrá que llevar a la par de la escritura otra actividad que, en caso de tener familia, le permita mantenerla y si no, le otorgue la estabilidad económica en su soledad. ¿Por qué no ser mensajeros, mucamas o empleados de una papelería? Quizás sea más tentador vivir de nuestro cónyuge, si no, habría que preguntarle a Gabriel García Márquez sobre su experiencia mientras escribía Cien años de soledad y Meche, su esposa, lo mantenía.
Las palabras de Gardner alientan al incipiente escritor, me alientan, porque aseguran que todos vemos el universo que nos rodea con originalidad. El reto está en escribir lo percibido sin vulgarizarlo.
Nadie más que nosotros contaría la historia más original que jamás alguien haya leído. “Si en las palabras y en los sentimientos no había honradez, si el autor escribía sobre cosas que no le importaban o en las que no creía, tampoco a nadie iban a importarle nunca”, dice Raymond Carver en el prólogo de Para ser novelista.
Los tiempos han cambiado y la figura romántica del artista que es descubierto por un mecenas para costearle su obra y promoverla es la anécdota de un cuento del pasado. Ahora, el creador debe ser también un gestor cultural. Por lo menos tendría que saber quiénes son los editores de las revistas literarias de su entorno, los convocantes de premios y becas, los talleres afines con sus intereses, los perfiles de las editoriales. En la actualidad, el escritor ya no puede morirse de hambre, el escritor tiene el derecho de vivir de lo que hace, sin tener que sumarse a las filas del best seller, sino a las de los libros de calidad. Por fortuna, como dice Gardner, aún quedan los directores competentes de las revistas y editoriales que sueñan con publicar al nuevo valor literario, pero para conseguir un lugar en esas páginas hay que escribir, intentar, corregir, intentar y volver a revisar el escrito. Es una prueba de resistencia que no todos están dispuestos a superar. Ante todo fe y disciplina, habría sido la sugerencia de Gardner al concluir una clase más en Chico State College.

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