miércoles, 27 de mayo de 2009

Seis propuestas para el próximo milenio. Italo Calvino

Lista de deseos
por Diana Gutiérrez Pérez

Una de las pesadillas más recurrentes del individuo promedio (en todo los sentidos) a finales del siglo 20 era encender su computadora —repositorio de ilusiones, datos de identidad y aspiraciones laborales— y encontrarse con la llamada “Pantalla azul de la muerte”, la cual indicaba un error irreparable del sistema operativo. Los precavidos sólo tendrían que formatear el disco duro e instalar otra vez sus programas o archivar sus documentos. Pero aquellos que no habían respaldado su información en discos de 3 ½ o, los más modernos, en floopy, podían saberse perdidos.
Nadie se resistía a la tentación de preguntarse cómo sería el tiempo que vendría, el nuevo siglo. Los intelectuales y los artistas no fueron la excepción. El escritor cubano-italiano Italo Calvino (Santiago de las Vegas, Cuba, 1923-Siena, Italia, 1985) indagó en el futuro a partir de sus propias experiencias con una mirada incisiva. Y como gente del siglo pasado, revaloró los rasgos esenciales de la literatura con base en lo inagotable, lo perenne. Le había tocado vivir una época de absolutos desteñidos por vanguardias que después se anquilosaron, lo cual le engendró un ansia de constricción a la hora de la creación literaria.
En 1984, invitado por la Universidad de de Harvard a ocupar la cátedra de las Charles Eliot Norton Poetry Lectures, Calvino redactó cinco de las seis conferencias que habría de dictar durante el año de su ingreso. A punto de terminar su lista de deseos para el próximo milenio, murió sin pronunciarla.
Al final, su esposa, Esther Calvino, muy ordenada, se dio a la tarea de recopilar los textos en el libro Seis propuestas para el próximo mileno, editado en 1989. No me cabe la menor duda de que era un visionario al ponderar la defensa de valores relacionados con el lenguaje —abstractos—, como son la levedad, la rapidez, la exactitud, la visibilidad y la multiplicidad. Pero hay algo en esta obra que celebro aún más: el corazón de un escritor que, sin presentirlo, dedicó los últimos días de su vida a la reflexión sobre su arte.
Calvino es un enojón hipersensible; admite que preconizar al lenguaje a la manera suya responde a una impresión de que éste se usa siempre “de modo aproximativo, casual y negligente”. Cuando que el uso del idioma debería ser lo más parecido a una expresión de los matices del pensamiento y la imaginación.
He señalado en rojo algunas palabras del primer párrafo de este texto con el ánimo de ilustrar la vigencia del exhorto de Calvino ante lo que denomina la peste del lenguaje: “esa epidemia que se manifiesta entre los hombres como automatismo que tiende a nivelar la expresión en sus formas más genéricas, anónimas, a diluir los significados…”
[1] Sólo la literatura podría crear anticuerpos para contrarrestar la expansión de este mal. En este caso, son tecnicismos, tal vez no sea tan grave siempre y cuando se utilicen en el contexto de la informática, pero si el escritor se vale de los términos para hacer un cuento, el resultado podría ser informe, confuso.
He de conducir mi reflexión por el ímpetu que me provocan dos de las propuestas de Calvino: la exactitud y la visibilidad. Las demás me parecen pertinentes pero no me arrebatan con la misma emoción.
La exactitud se precisa en la literatura para la confección de imágenes memorables. La exactitud se precisa en la literatura para transmitir el aspecto sensible de las cosas. Calvino no la menciona, pero yo añadiría la polisemia del lenguaje como un truco para el uso de las palabras en su sentido más preciso.
En mucho tiempo, no había leído una forma más hermosa de definir a la imaginación como la prevista por el también autor de las Cosmicómicas (1965): “la capacidad de enfocar imágenes visuales con los ojos cerrados, de hacer que broten colores y formas del alineamiento de caracteres alfabéticos negros sobre una página blanca, de pensar con imágenes…”
[2]
La visibilidad tiene su cimiente en la imaginación. Las ideas de Calvino resuenan en las del uruguayo Eduardo Galeano, quien también escribió, a su modo, una lista de deseos en los albores de esta era. En ella plantea el ejercicio de imaginar como una facultad y un derecho humanos. Y se pone a imaginar que este siglo se incorporará a los códigos penales el delito de estupidez, el cual es cometido por aquellos que viven por ganar, en vez de vivir por vivir “como canta el pájaro sin saber que canta, como juega el niño sin saber que juega”. No quisiera desviarme del cauce de esto que pretende ser una reflexión erudita y acuciosa sobre la obra ya citada del escritor ya citado, pero permítaseme mencionar sólo una más de las invenciones precoces de Galeano, por aquello de la premonición —a quien volví por culpa de Calvino, faltaba más—: “una mujer, negra, será presidenta de Brasil y otra mujer, negra, será presidenta de Estados Unidos de América; una india gobernará Guatemala y otra, Perú; en Argentina, las locas de Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental, porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria”. ¿Será?
Imagino la levedad como un globo de cantolla flotando en el aire; lo que Calvino llama “la gravedad sin peso”; lo que yo llamo decir lo profundo con palabras sencillas; lo que imagino como un bebedero para colibrí sostenido por el gancho de una grúa. En la forma, es la capacidad de la literatura de aligerar la realidad cotidiana con puertas hacía otras posibilidades. Calvino brilló en el género fantástico.
En la congestión de los tiempos actuales se agradece la contundencia. Decía alguna vez el escritor bajacaliforniano Daniel Sada que, paradójicamente, hoy se lee más que nunca: correos electrónicos, mensajes de teléfono y periódicos en la red. El problema es que la gente ya no se concentra ni en barrer el patio. Calvino sugiere la rapidez como una cualidad literaria de elegir las palabras adecuadas para provocar un efecto determinado en el lector.
Una de las pesadillas más recurrentes del individuo promedio (en todos los sentidos) en la primera década del siglo 21 es encender su computadora —repositorio de ilusiones, datos de identidad, aspiraciones laborales y medio de interacción con el mundo— y encontrarse con que su conexión a Internet ha sido cancelada. Los menos aptos se hallarían perdidos; los demás irían por unos tragos, harían abdominales y, tal vez, hasta llamarían a algún amigo de antaño.
Por eso Calvino practicar de vez en cuando la conciliación con el pasado.

[1] CALVINO, Italo. Seis propuestas para el próximo milenio. Pág. 68.
[2] Idem, pág. 98.

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