lunes, 25 de mayo de 2009

Número 72, calle Zozobra

Dinorah mordió una pera y el jugo le resbaló por la piel, dejando un camino dulce entre sus dedos. Desde la roca en que estaba sentada, podía ver el mar entre las hendiduras de la playa y en la vegetación, besando los límites de arena. A su derecha se extendían algunas casas de techos naranjas, llenas o vacías, siempre rodeadas por el sonido de las urracas. Caía la tarde y Dinorah calculó que para cuando terminara su pera, el sol se habría ocultado por completo, pero mientras tanto, el cielo era rosa y la fruta dulce, una tranquila tarde de verano, febrero en Australia.

Después de dar la última mordida, Dinorah lanzó los restos de la pera hacia el horizonte y los vio suspenderse girando; tras ellos, el último rayo del sol se ocultó. Todo regresaba a la normalidad, el dueño del neuro-simulador abrió la puerta, dejando entrar una rata que corrió hasta Dinorah –Si quiere quedarse, ¡pague otra vez! –dijo bruscamente el hombre al tiempo que encendía los focos pálidos de la habitación.

Afuera llovía, las ratas y la gente corrían desesperados entre los charcos de ácido, buscando refugio. Dinorah entró al número 72 de la calle zozobra, la cantina de Julio, donde él y cinco amigos suyos platicaban animadamente – ¡metiste dos ratas Dinorah! –Gritó Pietro– bueno, que me importa, ¡ya todos nos vamos a largar de este lugar! –dijo mientras levantaba su tarro para brindar con Johannes, Nina y Paulo, que estallaban en risas y gritos de alegría. Dinorah se quitó el recubrimiento plástico antiácido y lo dobló sentándose con ellos en silencio. Desde la barra, Julio estaba mirándolos, una ligera sonrisa atenuaba la tristeza que había en su mirada. –ya cállense babosos, por su culpa van a descubrirnos –susurró la recién llegada.

Desde los ocho años, Dinorah había trabajado arreglando naves y otros medios de transporte en el taller de su padre, hasta el día en que cumplió los 21, el terrible “día de la peste”, después de eso no volvió a saber de él. Fi y Pietro la contactaron dos años después, tras encontrar su anuncio en el periódico, “mecánico para todo tipo de transporte”, era justo lo que necesitaban para completar su equipo liderado por Julio, cuyo gran objetivo era construir clandestinamente una nave en doce meses, pues tras la nueva reforma las naves quedaron prohibidas, y escapar hacia una tierra nueva.

Dinorah trató de relajarse un poco más esa noche en la cantina, pero algo la inquietaba profundamente, una difícil pregunta le taladraba el cráneo, observó a Julio guardando los tarros, lavando sus trapos, acomodando la escasa cerveza en el frigo bar y sentándose a platicar entre sus amigos. Pensó con dolor en todo lo que él había hecho por ella, pero la pregunta seguía ahí, ¿sería capaz de traicionarlo?

–La nave está lista, ¿verdad? –Le preguntó Pietro, ella asintió en silencio y se echó un bocado de pan a la boca– Yo digo que ya nos vayamos de aquí mañana mismo, no sé qué esperas Julio, hoy Nina puede contactar a todos y ¡adiós mundo cruel! –Después añadió sombrío, negando con la cabeza– Si ellos descubren la nave, Julio –Avísenles a los demás que estén preparados, el tiempo ha llegado –Respondió él, su voz retumbó como un trueno en las paredes.

A la mañana siguiente, tres ratas cruzaban por la calle Zozobra, Dinorah pisó a la más lenta y pequeña de todas, que crujió bajo sus pies, las otras dos doblaron la esquina para encontrarse con un banquete de cadáveres en putrefacción. Ella continuó su camino dejando huellas de espesa sangre a sus espaldas, se dirigía hacia el castillo del Principal Guardia, sobre la calle Desolación.

–Sanos días señorita Dinorah –Dijo el hombre, con una voz cavernosa– ha tomado usted la decisión correcta, ¿por qué correcta? Sencillo, porque así no nos obliga a quitarle la vida –Rió perversamente comiendo un chocolate, mientras Dinorah esperaba las instrucciones. El guardia colocó frente a ella un dispositivo verde del tamaño de un iolk, parecido a una mosca, pero mucho más pequeño– Usted se colocará este bio-rastreador en los labios, para después besar al insurrecto, béselo muy cerca de la oreja, así le será más fácil a nuestro sistema trasladarse hasta su oído, de ahí, en cuestión de segundos ingresará al cerebro de ese ser inhumano, y así podremos localizarlo y llegar a aniquilarlo en cinco minutos, en caso de no llegáramos a capturarlo, le entrego este control para que usted misma haga estallar la bomba del bio-rastreador cuando todos estén despegando. Cerciórese de que el bio-rastreador no se quede en sus labios mujer, porque de ser así, se instalaría en su cerebro entrando por la nariz, y la haría caer en un estado psicótico del que sólo la muerte podría sacarla, y por último le repito, este pequeño instrumento, también es explosivo. –Debemos hacerlo hoy mismo –Dijo asustada– Muy bien, hoy mismo será –respondió el guardián con una sonrisa gelatinosa, en forma de V– no podemos andarnos con tardanzas. La veré en unas horas, ahora ¡lárguese! –Exclamó levantando su cobriza mano, señalando el túnel de salida– Pero… –suspiró Dinorah, tímida y confundida– necesito mi… –El hombre la miró con desprecio, la tomó salvajemente por el brazo derecho y aplicó un inyector para chip de crédito en la temblorosa y maltratada mano– Nosotros, la raza evolucionada, sí sabemos qué es la fidelidad y hacer que nuestra palabra valga; basura infrahumana –el guardia caminó hacia su escritorio– con todo el dinero que le he dado, ya nunca más tendrá que preocuparse por nada, dedíquese a ser feliz, o haga lo que quiera, a mi me importa poco, el resto del crédito se lo daré cuando haya completado la misión. ¡Sálgase! ¡Ya no tolero esto! –Y añadió sin mirarla, como quien siente una repulsión lastimosa– Huele a porquería…

En la cantina de Julio parecía haber fiesta, Pietro, Johannes, Nina, Paulo, Fi y los 39, esperaban a que su maestro diera la orden para entrar a la nave y despegar. Afuera un grupo de ratas corría en dirección opuesta al establecimiento, era de noche y en la oscuridad sólo se podían distinguir cientos de ojitos infames avanzando a gran velocidad, Dinorah caminaba hacia la cantina, tiritando de frío tomó el pequeño bio-rastreador y lo llevó hacia su boca, segundos antes de colocárselo en un labio, miró unas lucecitas rojas peligrosamente cerca, después las sintió trepándose en su overol, mordiéndole las piernas y los brazos, rodeándola. Ella logró zafarse de las ratas, con un método que aprendió en la televisión, y continuaron su carrera por el pavimento, Dinorah logró mantener el dispositivo entre sus dedos, ahora llenos de sangre, lo colocó con cuidado en su labio superior, y se detuvo frente al número 72 de la calle Zozobra, dudó por un momento y arrastrando los pies entró a la cantina.

–No teman amigos, yo no voy a ir con ustedes, pero no van a estar solos nunca más –decía Julio, con un tono triste, en medio del ajetreo general, nadie entendía. Sólo subían y bajaban, llevando cosas al cobertizo, en donde se encontraba la pequeña nave dorada y transparente, Pietro exclamó confundido –¿No vas a estar con nosotros o qué? –A donde yo voy, ustedes no pueden ir, nos reuniremos después, pero les conviene que me vaya, Chelo se va a quedar con ustedes para ayudarlos hasta que nos reencontremos –Pietro lo miró fijamente, tampoco había entendido nada, pero confiaba en él, así que continuó trabajando. Encorvada, con pasos cansados y llena de sangre, Dinorah caminó hacia Julio, había adelgazado brutalmente en un día, sus ojeras eran seis veces más profundas y su cabello, el único atractivo que poseía, se había convertido en un mazacote de canas amarillentas, bajó la vista, y alzando un brazo se sostuvo del cuello de su maestro. –Te estaba esperando –dijo él con voz angustiosa– Gracias amigo –le susurró Dinorah cerca del oído después de besarlo, sus palabras parecían provenir de un pozo lleno de hombres agonizantes, e infectos cadáveres con viruela. La misión estaba casi completa, ella caminó exhausta hacia una pared en la que se recargó, sacando una rata que accidentalmente había entrado en su bolsa durante la confrontación, tras sacarle los ojos la lanzó por una ventana. En ese momento, la luz azul de una teletransportadora oficial, iluminó Zozobra.

Nina dio la voz de alarma, y los que aún no estaban en el cobertizo subieron, dejando la cantina vacía –¡Sube con nosotros! –gritó Fi, bajando para auxiliar a su amiga, Dinorah la tuvo que empujar tres veces en sepulcral silencio, Johannes y Paulo le gritaban desde arriba para que se apresurara. Confundida, Fi miró por de frente y por última vez a Dinorah, comprendiendo lo que había sucedido, hundió la cara entre sus manos, negando con la cabeza mientras lloraba, con delicada indignación, se dio la vuelta y subió a la nave. Los guardias ya estaban adentro, entraron tras sus perros de dos cabezas que olfateaban desesperados, Dinorah permaneció sentada en el piso, junto a la ventana, con los ojos abiertos pero como inconsciente. Adentro de la nave, al momento del despegue, Pietro se dio cuenta de que habían olvidado en algún lugar de la casa el control que abría la compuerta del techo. –¡No importa! –Les dijo a todos– ¡Podemos despegar así y romper el metal con la nave! –¡No se puede! –Exclamó Johannes– la compuerta es indestructible y… –A mí no me vienes a decir qué no puedo hacer, Johannes –Respondió Pietro, dejando los controles con furia– ¡Los guardianes están abajo, ya cállense! –Dijo Fi, la respiración de todos se contuvo en ese momento– yo iré por el control –Johannes detuvo a su joven mujer, hasta que se escuchó la voz de una niña que estaba entre los 39 –Julio fue por el control, me dijo, diles que despeguen, y pues, él ya sabía que esto iba a pasar, ¡ah! y dijo que ya no peleen, que se quieran… o algo así.

Abajo, en la cantina, Dinorah observó como Julio corría hasta donde estaba el control para tomarlo, también vio como los perros de dos cabezas se lanzaron sobre él mientras oprimía el botón rojo, rojo como la sangre que comenzó a brotar de sus venas desgarradas por los perros.

Dinorah sabía que sus entrañas estaban podridas, lo supo desde que tenía cinco años, cuando durante la primera plaga de ratas, experimentó un placer horrendo al meter una en la licuadora para ver como se desmembraba, ella siempre fue así, pero ahora, sentía correr un líquido negro y espeso por sus venas, y casi podía ver como sus extremidades se encogían en un escalofrío perpetuo, por eso no quiso saber lo que sentiría de seguir viva con la culpa de haber entregado a alguien, que confiaba en ella, para ser torturado hasta la muerte. Cuando todos guardias estaban alrededor de Julio, viendo como lo hacían una completa llaga los perros, el Principal Guardia, con el que Dinorah había hecho el trato, la llamó hacia ellos para pagarle el resto, sacando de su pantalón el detonador de la bomba, caminó hacia ellos y hacia Julio, cuando todos estuvieron lo más cerca de él, mirándolo muerto en el piso, activó la palanca, y en su boca con dientes de rata, durante seis segundos, se abrió una extraña sonrisa, esperando la explosión.

Desde arriba, los tripulantes de la nave transparente y dorada, vieron como se encendió en llamas el número 72 de la calle Zozobra y hasta sus oídos llegó el agudo rechinar de dientes y el doloroso clamor de todos los hombres y mujeres que ahí morían calcinados.

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