¡Sí, sí, sí! Tengo que admitirlo. Esta es la cosa más rara de la que escribiré tal vez en toda mi vida. Y es que eso de estar viendo una por una las cosas que me causan repulsión ha sido una tarea muy difícil y nada grata. Menos para las personas que están alrededor mío y se enteraron de la gran hazaña (y las que se van a enterar).
“A los que les tocó el número cinco, tendrán que tocar algo que les cause repulsión y escribir su experiencia en dos cuartillas.” Nunca pensé que fuera tan difícil pensar en aquello que verdaderamente me fuera repulsivo. Por supuesto que existen muchas cosas desagradables que tocar, pero algo que verdaderamente me causara conmoción…
Toda la semana estuve pensando en qué sería lo ideal tocar, pero el tiempo se me venía encima. El fin de semana fui al mercado y pedí que me vendieran dos higaditos de pollo. Yo pensé que como me causa mucho asco siquiera olerlos, me provocaría lo mismo respecto al tacto, así que regresé a casa “contenta” (y lo pongo entre comillas porque sólo estaba contenta de saber que pronto terminaría con la tarea) y puse los higaditos en un plato: Los tomé recién salidos de la bolsa, o sea, crudos. La textura era resbalosa como tocar un pez recién salido de la pecera. Quise aplastarlos en las manos por aquello de la “experiencia táctil completa” y resulta que salieron volando por su misma consistencia. Parecían un par de sapos marrón escapando. Al recogerlos del piso y volverlos a situar en el plato, me di cuenta de que no me habían causado repulsión, lo cual quería decir que no había resuelto aún la tarea.
Estuve pensando qué más hacer. Varios me dieron opciones como tocar una alcantarilla, meter la mano en el camión de la basura o a algún escusado de un baño público, meter el dedo en la boca de algún paria… pero sinceramente, quería terminar la tarea sin tener que llegar el lunes a la escuela con una infección en las manos por culpa de los experimentos del profesor.
Fue ayer en la noche, cuando saqué a mi perrito a “pasear” (vuelto a ser entre comillas porque los perritos no salen nunca sólo de paseo), que sentí que ahora sí el tiempo se me había venido encima. No había concluido la tarea y seguía preguntándome qué tocar. En eso, llegó a mi mente la voz de Miguel Ángel, el Doc.: “A mí lo que me da asco tocar, es la caca”. Yo había descartado la opción porque tengo una amiga a quien le ayudé varias veces a cambiar a su bebé de pañal y ¡vaya que ocurren accidentes! Pero entonces, me acordé de Liliana, quien muy seria me dijo: “¡No, hombre! No es lo mismo lo de un bebé a lo de un adulto.” Y como por pudor, no le iba a pedir a NADIE (con mayúsculas porque es muy determinante) que me demostrara cuánto me quería donándome un poco de su interior, pues decidí que si ya estaba ahí, frente a la de mi perro y además no había nadie que me viera y juzgara, me animé a hacerlo. Por supuesto que lo más desagradable fue el olor. Así que contuve lo más que pude el aliento y tomé con la mano entera eso que mi perro había dejado en el pasto tan orgulloso. Cerré los ojos para concentrarme (o probablemente porque no podía creer lo que estaba haciendo). “Es húmedo, caliente, consistente (gracias a la dieta de croquetas); pesa unos ochenta gramos… ¿Qué pasa si…?” Estoy segura de que así fue como los grandes investigadores lograron grandes descubrimientos: ¡lanzándose al extremo! Mi mano comenzó a cerrarse lentamente hasta que los dedos comenzaron a aplastar todo aquello que había recogido. “Caliente, caliente, mojado… ¿qué será eso?... ¿un plástico?” Las separaciones de mis dedos ya habían hecho la función de duyas para pastel. Debo afirmar, que de no ser porque estaba consciente de lo que estaba haciendo, hubiera sólo parecido que estaba jugando con esa masa para modelar que les compran a los niños en edad preescolar.
¡El experimento y la tarea habían sido exitosamente resueltas! Abrí los ojos y con miedo voltee a ver mi mano. No quiero. En verdad no quiero decirles cómo estaba. Corrí al bote de basura y con una bolsa comencé a remover todo con cuidado de que nada se fuera entre las uñas (que gracias a todos los Dioses, me corté hace tres días).Mi perro me miraba como diciendo: “Yo la quiero mucho, pero jamás haría lo que ella acaba de hacer.” A lo cual respondí: “No es que te ame tanto, Pecoso, es que tenía que hacer la tarea.”
miércoles, 4 de febrero de 2009
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Es increíble cómo, a pesar (o a causa) del asco, no podía dejar de leer tu texto. El morbo a la altura de tu sentido del deber, supongo... Cambia el contexto y ¡tienes un cuento!
ResponderEliminarEsta es una verdadera historia de amor.
ResponderEliminarBuen texto.
Oh! que asqueroso. me parece que amas a tu perro, te amas más a ti, pero tu amor por el deber no tiene nombre. Me gustó la manera de narrarlo. Te limpiaste las manos con cloro 30 veces?
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