martes, 3 de febrero de 2009

Escuchar la madrugada

Rodrigo García 2020

Se abre el teléfono celular sin emitir luz, se vuelve a cerrar. La piedra se frota, pero el encendedor sólo saca algunas chispas y murmullos de angustia; se frota una y otra vez. La oscuridad es casi total en la densidad de la neblina. Tan solo se pueden ver unas manos grises a unos centímetros de la nariz.
El hombre anda la noche boscosa en un crujir de hojas y rasgar de mezclilla y brazos desnudos. Camina la oscuridad de respiración agitada, de boca seca en una ciénaga de humedad. Sus pasos se aceleran un momento antes de que sus rodillas golpeen el suelo y sus manos un grito. Las palmas continúan grises, pero un vago aroma a sangre logra atravesar unos centímetros de negra niebla.
El hombre se levanta apresuradamente y corre unos pasos más. Choca contra una rama. Continúa con precaución y gemidos. Se detiene a escuchar: un grillo, una grúa, llantas. Acaricia hojas puntiagudas, la vibración de una corteza, y tiene miedo de su rugido de frigorífico. Desde una rama o desde el débil fulgor de la luna se escucha el tic-tac de un reloj de mano. El zumbido de un disco duro le cruza peligrosamente por la yugular. No sabe si esconderse bajo la sábana o seguir en su ceguera el lejano canto de una ambulancia que surfea la neblina y otras muertes.

3 comentarios:

  1. Ahhhhh! que pinche tramposo eres!!
    jajajajajaja rifado. Ya entendí porque la angustia de que el encendedor no prendiera.
    Erizooooo...

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  2. Ahora que lo leo todo ha cobrado sentido. Es un cuento sin imágenes (porque todo está obscuro); más bien lleno de sonidos. Yo no quiero que le cambies ni la "ciénega de humedad".

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  3. Es cierto, este texsto es para leerse. Si lo escuchamos solamente, perdemos la oportunidad de escuchar lo que nos describe.

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