lunes, 2 de febrero de 2009

De Madrugada
Rodrigo E. Torres Orozco N.

De madrugada en la azotea se oye un silencio frustrado. Uno de esos silencios que quieren ser más callados que las piedras, pero la ciudad los ahoga.

Su presencia se siente en el espacio, de alguna forma sabes que esta allí, pero los motores fugaces que recorren la avenida, solitarios como almas en pena, conspiran para negarle la entrada a nuestro mundo.
Las risas ebrias de algún noctambulo perdido rebotan entre las paredes de las casas vecinas. El viento juega a seducir a las ramas de mi árbol, con su silbar constante tira a una que otra hoja por ser muy pequeñas para formar parte de su lascivia, mientras un grillo, que aun no se da cuenta de que lo abandonaron sus compañeros de orquesta, acompaña con su violín a los amantes nocturnos.
Mi cuerpo, que al moverse hace girar a las piedrecillas, también contribuye sin notarlo al complot anti-silencio, junto a la pluma que roza el papel de mi cuaderno mientras escribo.
De cuando en cuando el silencio se asoma y pregunta al ambiente si ya llegó la hora de interpretar su solo, pero el estéreo de un auto le niega su actuación gritando a toda voz alguna canción pop.
El triste silencio va y viene, merodea y asecha el lugar, espera paciente al momento indicado o el espectador precisó, para mostrarse como obra de arte en todo su esplendor.
Yo no soy aquel publico anhelado, el sueño me vence y cabeceo en mi cuaderno. No fui él elegido. Voy a dormir.

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