Mi casa también huele.
Ana Lucía Moctezuma Malacara.
Entro a la cocina, es un lugar pequeño, en ella respiro el aroma del amanecer. Recuerdo los tiempos que perdía y que también descubrí en mi cocina de Puebla; ahí olía a espigas que entraban por la ventana desde los terrenos de junto. Aquí huele a cítricos, por la ventana no entra nada pero lamash y yo nos encargamos de que tenga vida pese a su aparente desencanto.
La sala huele a frío, a veces le gusta hacernos creer que huele a madera. En puebla cuando entraba a la casa nuestra sala nos impregnaba de ese aroma, era un dulce y cálido olor a madera que triunfaba aún sobre el piso de mármol gris. Aquí no hay mármol pero tampoco están nuestros muebles ni un poco de aquella madera en la que crecí.
Voy caminando por el pasillo, podría creer que no huele a nada, es entonces cuando viene a mi mente el olor a Kitto, tal vez un poco mezclado con calcetines pero siempre seguro y presente ahí a la derecha del pasillo. Aquí solo huele a ausencia, una ausencia que ni siquiera se alcanza a llenar con la promesa de una puerta, la puerta de mi papá; si la abro un olor fuerte y desconocido me envuelve, poco a poco me he acostumbrado a que ahí por alguna extraña razón habita. No sé si es una falta de memorias lo que choca conmigo al abrir esa puerta pero prefiero evitarla.
El baño huele a dulces de color naranja, sello jabonoso de mi mamá. Aún cuando el lugar no es tan bonito, lo prefiero mil veces más al de Puebla; respirar el vapor es mucho más delicioso aquí.
Otra vez un pasillo, del lado izquierdo huele a mí. Me siento en la cama, huele a fresas salvajes, a Metrópolis, a Cold Mountain, Dogville, Moulin Rouge! y Tokio, a sensatez y sentimientos a señales y más. Todo eso cabe por ahí como puede con tan pocos muebles. Amélie, Los Beatles, Astroboy, gatos, colores, estrellas que brillan en mi techo cuando no hay luz, el Popocatepetl, historias, una ventana, un viejo amigo mi violín, Adriana y Lupita, muchas llaves que no sé qué hacen ahí; mi cuarto huele a sueños, a reposo, a lo que vive en mi interior. En Puebla no olía así, solo olía a la mujer dormida y al Popocatepetl mezclados con el aroma de un cielo púrpura, lo demás prefiero no recordarlo. Aquí sólo huele a lo que quiero.
Por último está el cuarto de Lamsh, huele a perfume, a chocolates, dulce, huele también a desvelo, a mujer temperamental pero huele bonito.
martes, 3 de febrero de 2009
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