martes, 3 de febrero de 2009

Vista de calle

La calle es un mar tranquilo. Sus empedrados rara vez son naufragados. Escasos los vehículos que llegan a navegar su corriente como barcas perdidas. Es suceso extraño en callejón tan angosto. Si acaso sucede, el oleaje pétreo hace temblar la estructura de los navíos metálicos que se desvanecen tan rápido como se les ve llegar.

Fuera de estas esporádicas visitas, todo permanece sereno. La marea fluctúa entre paredes inmensas. La calle es cañón o despeñadero en donde el viento camina con parsimonia con polvo en las manos y algún ave entre los labios.

Todo quieto a imitación de una pintura. Sólo algunas hojas aventuran el descenso y oscilan en calma hasta llegar al suelo. Permanecen así, recostadas en el pavimento; dormidas hasta que el viento las despierta y las lleva a navegar por el aire. Es danza ligera, sinuosa, hasta perderse en alguna calle vecina que suponga mejores pasatiempos. En este callejón todo duerme. Los ladrillos de los muros y los cristales que pintan estrellas relampagueantes. Todos duermen y sueñan con avenidas de grandes edificios y automóviles amontonados. No así en este desierto pedregoso.

Pero las hojas se marcharon y los árboles permanecen presos. Sus ramas se cuelan por las ranuras de una reja. Prisioneros todos. Estiran sus brazos rugosos y muestran sus dedos de clorofila. Añoranza de libertad. Miran a través de sus celdas y asoman sus cabezas, verdes y tupidas, por encima del alambre. Y mientras sus hijas las hojas disfrutan de vuelo en libertad, los padres bajan la mirada y sueltan en las piedras sus lágrimas doradas.

No así la nostalgia de la enredadera que trepa el muro de enfrente y pinta de selva oscura toda superficie. Añora quizás llegar un día hasta el cielo y cubrir las nubes de flora espesa. Ingenua. Atada por raíces a la acera en donde cada mañana un hombre poda las jardineras. Tardará varios años en llegar al tejado y después, deslizándose ahora en horizontal, llegará al otro lado del techo y bajará hasta el suelo en donde podrá acostarse en tierra y morir frustrada.

Al otro lado de este espectáculo, un árbol recarga su tronco en la pared y echa raíces por encima del suelo, sabrán sus compañeros la causa de esta postura de borracho. Un día de estos habrá de irse de lado y estampar sus ramas a lo largo del suelo. Ingerir tanto sol tiene sus consecuencias. Por eso es más amarillento que los demás. Síntoma seguro de adictiva enfermedad que confunde el equilibrio y palidece las cortezas.

Y así permanecen atentos a cualquier movimiento. Es calle que mira al cielo a través de un par de farolas. Mientras, la luz tiende sus brazos y arroja polvo a las aceras en donde un periódico es hojeado velozmente por el viento. Todo en calma hasta que llega la noche y arroja un manto sobre el callejón. Algún vehículo barrerá con sus luces las sombras de la calle. Habrá vida por algunos segundos y después, todo quieto nuevamente. Es hora de descansar. La calle despertará temprano para ver si el nuevo día pone encima de ella, mayor atractivo que el de hace ya tantos años.

1 comentario:

  1. Se la rifó con esta imagen, mi estimado Roberto.
    Me pusi la piel chinita.

    "La calle es cañón o despeñadero en donde el viento camina con parsimonia, con polvo en las manos y algún ave entre los labios."

    Lo de la enrredadera tambien es muy bueno, pero igual y si lo sintetiza un poco más quedaria mas chido.

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