
Mi casa huele a estaciones del año y días de la semana. Su aroma es distinto si es de noche, si ha llovido, si el viento sopla, si está habitada. En las mañanas de los días hábiles, la ausencia de sus ocupantes se llena con esencias tenues de soledad que desprenden las maderas de algún mueble. Si el líquido del cielo moja las paredes de ladrillo se percibe el sahumerio de la arcilla al mezclarse con el agua y huele a ritual. Vapores de tierra húmeda. Cuando el sol hincha las comisuras de mi casa pareciera que lo inanimado cobra vida y su existencia se manifestara sólo a través del olfato: la basura y los desperdicios hieden óxidos fétidos, las flores y plantas fotosintetizan perfumes secos, huelen las hormigas, el aleteo torpe de los moscos, las garras de los gatos, el pelaje de los perros. Si en la ciudad donde se encuentra mi casa hay vientos, los olores se funden con los provenientes del mundo exterior que la circunda. Los sábados y los domingos cuando está llena de gente, mi casa despide los bálsamos de algunas especias: tomillo, clavo y azafrán. Es cuando las mujeres y los hombres cocinan con ingredientes salados o picantes, dulces y amargos. Los rincones del lugar se impregnan de fragancias comestibles, de fragancias masticables. Los cuartos de mi casa exhalan humores análogos al estado de ánimo de sus moradores. Al enojarse la madre, las narinas arden al respirar el efluvio tosco, amorfo y pestilente que inunda la atmósfera. Al sonreír el padre, el paisaje se torna anaranjado con sus notas cítricas, unas veces alimonadas, otras más amandarinadas. Cuando nadie habla las emanaciones en mi casa huelen a hielo. No a hielo seco sino mojado, pues los toques del seco corresponden a mis lágrimas cuando el clima es grisáceo. Al dejar la casa, mi hermano locionó su habitación con el cuerpo. Han pasado unos años y el cuarto tiene su esencia, siempre combinada a la medida de sudores y jabón. Sus libros huelen a tiempo, los estantes del librero a moneda oxidada. La almohada aún guarda el olor de sus sueños. Cuando Adrián vuelve a este lugar, el aroma de su piel es tan seductor que las paredes, las repisas, las telas y los libros se quedan impregnados de él. Mis padres han dejado los muros de su cuarto con olor a besos y la luna gigante de vidrio que corona el buró transpira complicidad. Los baños han sepultado caducidades de antaño, reviviendo la frescura de sus tapices resbaladizos. Huelen antisépticos. Mi pieza a menudo me roba el aliento para desperdigarlo por todos sus escondrijos. Si me siento triste la alfombra sube hasta las narices unos aromas a nostalgia y chocolate amargo. Si estoy tranquila la alfombra huele a alfombra recién sacudida con aspiradora. Cuando dejo mi cuarto por unos días y luego vuelvo para dormir, siempre me asalta una inesperada –aunque ya cada vez más esperada- anosmia que me roba el sentido del olfato, pero luego me acuerdo que mi casa huele a estaciones del año y días de la semana…
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